"She has the passion of a python. She just devours me whole every time, as if I were some over-large rabbit. That's me. The bulge around her navel -if you're wondering what it is -it's me. Me, buried alive down there, and going mad, smothered in that peaceful looking coil. Not a sound, not a flicker from her -she doesn't even rumble a little. You'd think that the indigestible mess would stir up some kind of tremo in those distended, overfed tripes -but not her! She'll go on sleeping and devouring me until there's nothing left of me."
Look back in anger, John Osborne
Veía la luna a través de tu ventana rectangular. Estaba envuelta por una nube naranja que parecía de fuego, ardiendo redonda y grande en medio del cielo que se estaba oscureciendo. Y nada más.
En el juego del misterio hay dos sujetos: el deseante y el deseado. Poetizando. El portador y el perseguidor. El anhelo se escurre despacio entre los dedos del anhelante, paciente y ardiente. Pero, ¿cuál es el objeto de deseo exactamente: el misterio, el portador o el conjunto?
Quizás es el afán por iluminar la penumbra.
Comienza el baile.
Misterio danza y Perseguidor lo sigue. Se tambalea como una peonza, brillante como una canica nueva. Perseguidor y Misterio tropiezan, bailan juntos, ninguno se quita la máscara. Nadie conoce las intenciones de nadie. ¿No es acaso el deseo una simple pretensión egoísta? ¿Inseguridad? ¿Curiosidad? ¿Miedo? La búsqueda de las piezas del puzzle sin saber cuáles son, cuántas hay, cuántas faltan. El tanteo en la oscuridad, sumido en la bruma de la incertidumbre, buscando lo desconocido.
“It is like walking up the stairs to your
bedroom in the dark, and thinking there is one more stair than there is. Your
foot falls down, through the air, and there is a sickly moment of dark surprise
as you try to readjust the way you thought of things."
I live with Melancholy. My friend is vague Distress. I wake up every morning and say, "bonjour, Tristesse". Tenía varios caminos, varias opciones. En aquel momento contaba con hasta cuatro caminos (aunque uno no entendía muy bien qué hacía ahí). Contaba el tercero, que casi estaba fusionado con el cuarto, aunque estaba totalmente anulado (por mí, por todos, por las circunstancias insalvables). Los escombros iban invadiendo el cuarto. Yo no llegaba a ver su relación, esa intersección inevitable: en realidad acabaron siendo uno, lo supe tras aventurarme en la oscura gruta del cuarto (ya que fue el elegido). The street I walk is Sadness. My house has no address. El primer camino era una niebla que se me antojaba azul lapislázuli, como nubes suaves que me llevaban al lugar en que debía estar. El lugar donde debía estar, aquel paraje desconocido que solamente atisbaba a lo lejos con mi niebla azul. Mi niebla. Me apropié de ella sin querer. The letters that I write me begin: "bonjour, Tristesse". El camino más fácil, el segundo, se convirtió en la amargura más latente y palpable y terrible nunca antes vista. Cada paso que daba me alejaba de mi paz azul Sèvres. Quizás por eso el segundo fue tan... agridulce. Aunque cada vez más agrio que dulce. Hasta que fue agrio del todo. Ácido que me hizo un agujero por dentro tan inaguantable que decidí salir corriendo. Pero eso es otra historia. The loss of a lover is pain, sharp and bitter to recall. Vaya. I lost no casual lover, I have no pain from which to recover. Yo creía que no era necesario un mapa. Ni aprender a usar la brújula. I've lost... me... that is all. Tantas opciones y tan pocas correctas. Ninguna adecuada. Todas llevaron a la perdición. A mi perdición. A la pérdida de MÍ ("MÍ" como concepto de mi ser, mi yo, mi mismidad). My smile is void of laughter. Fue imprescindible romperme para rehacerme. ("I'M DISMANTLING WHO I WAS AND MOVING IT BRICK BY BRICK") Me rompí yo y me rompió todo. My kiss has no caress. Me dejé engullir por el vacío. I'm faithful to my lover, my bittersweet Tristesse. Se fue con pasos decididos. Firmes. Estables. Lo dejé ir porque esa despedida estaba empapada en un gran y enorme "hasta luego".
And after the races he'll take me to dinner and dancing again. And on Thursday to the tennis matches. And on Sunday to the country. What a waste of time, dear Jacques. What a hopeless waste of time. He's attractive, and he's nice, and I'd like to warn him, but he wouldn't understand that I can't feel anything he might be interested in, because I'm surrounded by a wall. An invisible wall made of memories I can't lose.
Es más difícil de lo que parece construir una jaula que se pueda abrir. A veces se te olvida la puerta en el muro. Recuerdo todavía una tarde de invierno. Yo llevaba un jersey azul y la pared de ladrillo me miraba fijamente. La puerta roja se había cerrado sin que yo me diera cuenta. Me senté a esperar en la roca sin saber qué iba a pasar. Más bien: me senté en la roca a ver qué había pasado exactamente.
Esa era mi sensación general con respecto a todo siempre por aquel entonces. Se me quedaba una emoción que me daba vueltas por el estómago y se me disparaba de la punta de los pies hasta la coronilla. Tenía un sabor a metal en la boca, a desazón, a sentimiento insatisfecho. Todo en esa época se me quedaba a medias (razón por la cual mi filosofía de vida ha cambiado tan radicalmente). Todo me sabía a poco, a descontento, a incompleto. Mi sala de espera. Tres paredes blancas y un enorme ventanal de cristal. Antes no me había percatado del vidrio porque para mí se doblaba en espejo y reflejaba una más de aquellas paredes que me tenían enjaulada, incapaz de cruzar mi puerta, sin poder llegar al rellano (rellano desacertado casi en su totalidad, tenía demasiadas esperanzas puestas en las cosas equivocadas sin saber que aguas mejores irrumpirían en mi vida y se llevarían, cristalinas, la negruzca bruma que me ahogaba por dentro).
Regresemos a mi pared de cristal. Se presentaba ante mí la presumida imagen de todo lo que mi vida podía ser, todo lo que yo podía ser, pero no ocurría (no era el momento, no eran las maneras). La cuestión es que no lograba ver que esa imagen futura de mí misma no se encontraba a través de la puerta, a través del cristal, sino atravesando mis entrañas, ahí dentro, siempre había estado ahí pero yo lo había olvidado. Mi ser en potencia pasaba desapercibido bajo mi piel y mi mirada cabizbaja. Que no son las circunstancias tanto como yo, pero las circunstancias me han hecho darme cuenta de lo que tenía y podía tener (porque ya lo tenía, de algún modo).
Me senté en la roca a esperar porque siempre me limitaba a esperar. Me quedé mirando la puerta roja simplemente por hacer algo. Por costumbre. La insaciable costumbre del que se queda a esperar. Ese sería el nombre de la instantánea, de aquel momento congelado en el tiempo. Saqué una libreta que hábilmente llevaba en el momento y me puse a describir la pared roja, el muro de ladrillo. Y después me fui. Ya era hora. El problema es que un trocito de mí se quedó estancado y no deja de conjugar el pasado en presente, o no deja de conjugarse en pretérito (no está del todo claro). El fantasma de los horrores pasados se quedó ahí sentado y su única finalidad es recordarme que se quedó ahí sentado. El problema está en darse cuenta. A lo mejor jamás me bajé de aquel autobús. Mi autobús. Y va siendo hora de coger otro, muchos más. Ir mirando hacia atrás por la ventana mientras avanzamos no hace bien a ninguno de los pasajeros. El bus está a punto de volcarse (de estrellarse con nosotros dentro), la roca se disuelve, los ladrillos del muro se mueven, la puerta roja se desfigura. Ya no hace frío, y si vuelve a hacer frío, nada será como aquel invierno. Va siendo hora de enterrar bajo cemento aquellos tormentosos y turbulentos días de nubes cargadas de agua helada y rayos y truenos y la niebla abominable y la oscuridad inescrutable.
Va siendo hora.
Palacio de Cristal https://www.flickr.com/photos/lyingonyourside/14132360558/
Era una gran explanada de colores cálidos: verde fresco y marrón tierra. El verde claro bailaba en pequeñas olas de briznas meciéndose con el viento, como el agua del mar turquesa apacible en días de ligera brisa y sol intenso. Me imaginé suave y leve pisando la hierba prístina. Justo como en aquella montaña junto al lago. Tumbada mirando la forma extraña de las nubes. Recuerdo un día bonito y nublado. Un trocito de sol se asomaba por un hueco entre las nubes, agarrándose sus rayos al cráter blanco y esponjoso. La luz se debatía entre amarilla y rosa en un fondo azul grisáceo. Quería estar sola y observaba a los demás a la distancia. Allí el lago, allí las rocas; aquí los árboles, aquí las personas.
Un túnel que hace de puente. Con uno te encuentras y en el otro te pierdes. Corto y oscuro, largo y recto. Aquí yacen mis intentos. Esa lápida de piedra gris y rugosa. Bajo tierra mis errores, se levantan cuando se muere el sol. No en cada luna pero siguen siendo los fantasmas encajados en mi costilla. Mil veces los he sepultado y mil se han escapado. Se retuercen inquietos en mi interior, están vibrando y el terremoto me lleva casi al derrumbe. El pasado se me ha quedado cristalizado dentro. La purificación del alejamiento del pretérito y el cambio de las formas. Y un lugar para cada cosa. La sucesión de los días, de las semanas, de los meses. De los años.
Vi los barrotes y las ramas secas que se asomaban por la reja de metal como atravesándome desde la calle de enfrente. Los ladrillos de la fachada parecían estar haciendo fila, esperando su turno para derrumbarse sobre mis pulmones. Hay bastante demanda. Por favor, que el pasado no me atropelle como esos trenes de carga que no paran y van haciendo demasiado ruido. Vamos a ver, las cosas por partes.
Vi el reflejo del "qué bien te veo" en sus gafas antes de escucharlo. Aun así, un centenar de cañones se alinearon en la fachada y comenzaron a bombardear mi fortaleza. La puerta grande estaba abierta. La suya y la mía. El comienzo del fin. La cuna de las tristezas y las alegrías. Todo lo que ya conjugo en pretérito perfecto escociendo, como si las ramas secas me hubiesen arañado por doquier y del cielo cayesen gotas de limón certeras y mortales. Vencí mi afán de sentarme, iba cargada con algo más que demasiadas bolsas o demasiado peso en la mochila. Si el aire entraba y salía bien de mí, yo no era consciente de ello. ¿Qué fue todo ese tiempo y por qué su ausencia todavía decide aparecerse ante mí como una imponente sombra ardiente, como una puerta a través de la cual veo un enorme vestíbulo de mármol negro en el cual charcos de mí se deslizan y se deshacen?
Tengo entre mis manos la soga que logré desatar de mi cuello, tirando con las uñas, pero la siento de nuevo en la yugular, palpitando, oprimiéndome la traquea también. Soy de repente un conducto de ventilación estropeado, sucio y obstruido por antiguos tesoros escondidos por niños traviesos. Subí hasta el camino de tierra, el de acortar, en el que de tanto pasar ya no hay césped: se ha rendido tras tantas pisadas, está árido, seco... inexistente. Como ese pasado que ya no se conjuga en presente. Ni en futuro. Sigo intentando dar bocanadas de aire sólo para darme cuenta de que no me estoy ahogando. Es solamente un sueño. De día. Con los ojos abiertos y mirando hacia dentro. Hacia atrás. Hacia adelante pero desde otra perspectiva. El peso de mis pulmones no está ahí. La cuerda letal deja de retorcerse como una serpiente mortífera y juguetona entre mis dedos y alrededor de mi cuello.
Existo y vivo: lato centelleante entre calles y trenes, entre oraciones y párrafos, entre mayúsculas y puntos finales. Lato ahí fuera y lato aquí dentro. Vibrante. La fortaleza se alza para burlarse de aquellos cañones. Qué tienen que hacer ellos aquí si no es nada, la única portadora de la llave que guarda mi pasado es mi mano. No hay nada que hacer aquí. Mis costillas hacen de jaula y soporte a mis pulmones dilatándose, el nenúfar helado, viejo amigo a la izquierda, se mantiene a raya incluso: hasta él se enfada con los cañones. Él también recuerda y es dueño de su memoria.
Una fachada es sólo una fachada, una calle no es más que eso: una calle. Aquel banco o este otro no son más que... bancos. Pueden dejar de sangrar, de sacudirse, de hacerme temblar. No tengo nada que darles y, lo más importante, es que ellos no tienen nada que darme a mí, nada que ofrecerme, nada que podamos intercambiar. Nada.