Soñé que era tu cumpleaños y yo te hacía una tarta y nos reuníamos en mi casa. Nadie quería estar ahí ni yo estaba para nadie, era todo muy extraño. Supongo que es porque todavía me acuerdo, todavía hay un pequeño hilo débil que entrelaza todo esto conmigo. Creo que llovía y al final nadie quería comer tarta. Llegabais tarde. Vuestras caras me eran demasiado lejanas. Un par de ojos cansados, enrojecidos. No verás los entresijos de mi mente ni sabrás quién eres, pero de entre todos los cumpleaños era el tuyo. Y estábamos en este presente tan raro con todas las piezas de mi vida desperdigadas y perdidas por el suelo. Será que me gusta tropezarme con mi propio caos. Creo que la cesta en que las guardo tiene un pequeño agujero y por eso cuando salgo a recogerlas como si fuera a buscar moras o fresas o cerezas al bosque la labor es infructuosa. Te conjugaba en presente, a ti y a otras tantas personas que se han quedado tan atrás en los últimos años... Y no era nada fuera de lo normal. Sólo es disparatado al despertar. En fin, no sé, si mis sueños son un mundo supongo que anoche cumpliste años, así que... felicidades.
Solamente llevé a cabo la empresa porque no pensé que fuera a generar desastre alguno. No sé si lo habría hecho de todos modos de haber sabido el resultado. Cogí el cuchillo y comencé a cortar por el costado. Pretendía tallar un cuadrado, como una pequeña puertecita. Comencé con la línea vertical de la izquierda, continué con la de abajo horizontal. Una fina línea roja de sangre guardaba mi rastro en la piel, como un camino de migas de pan en el bosque. Completé el cuadrado: cuatro lados, medianamente iguales, casi simétricos. Pude entonces adentrarme, pasear con mis dedos por la entrada. Desgarré la piel y, contra todo pronóstico, montones de sangre comenzaron a brotar de la ventanita de carne. El ente respira. Este ser está vivo. Ahora noto el calor, el latido, la vibración. Veo que ahí dentro hay vida. Tengo las manos rojas y creo que pierdo el control. Me mareo. Hago de mis manos una pequeña tacita que buscar recoger esa cascada roja de actividad y supervivencia. La observo sedienta, fluye entre mis dedos y se resbala por mis manos. Pruebo a dar un trago. Dos. Tres. No más. Moderación. Quiero revolcarme en el suelo donde ha ido a parar ese desastre, tumbarme en el charco hasta inundarme. Meto las manos dentro del agujero que creía vacío y siento mi piel invadida por pura energía. Necesito empaparme de todo ese vigor interno. Deseo febrilmente comerme la piel de un modo tan salvaje que apenas puedo contenerme y dejarla en su sitio. Cierro la puerta. Arreglo la herida como puedo. Hago un trabajo desastroso. Me alejo lentamente. Intento decir algo pero se me ahoga la voz en la garganta. Logro por fin girarme, manchada entera de sangre y tan viva como un corazón latiendo a mil por hora.
Dos puertas abiertas enfrentadas. Sus haces de luz convergen en el pasillo. Salen de la apertura en diagonal hacia arriba. Y una de las luces se apaga. Ya está. Así de simple. ¿Quién tiene en cuenta la que se queda encendida? Qué crimen. Intento desenroscar la bombilla, para qué se va a quedar ahí sola, pero me quemo los dedos cada vez que me acerco. No logro ayudarla. Quiero sacarla de ahí y estrellarla contra el suelo. La custodio unos días: no quiero perderme el fundido, el apagón. Porque tendrá que fundirse, tendrá que apagarse. Es ese el orden de las cosas. Te enciendes y te apagas. ¿No? No sé. Quien afirme algo ahora mismo, en este segundo, miente. Porque me adueño de este segundo. ¿Por qué? Mi custodia mirando la luz me ha sacado fuera de mí. Ahora estoy cegada pero veo con claridad. La claridad del deslumbramiento. Veo figuras como si hubiera una pantalla de leche que se sostiene fina y horizontal y el movimiento la atravesara a trozos. Un brazo se mueve aquí, una pierna allá. Paseo entre realidad e ilusión a mi antojo, encuentro el equilibrio en la cuerda floja y me gusta caerme en la red sin saber que la hay. Me hago dueña auto-proclamada y falsa del tiempo y hago con él lo que quiero. Un reloj color plata se deshace entre mis dedos y recojo el material derretido y al tocarlo se convierte en plastilina que moldeo como quiero. Nadie puede detenerme puesto que yo estas manecillas, trocitos de metal incrustados en las puntas de mis dedos ahora, las manejo como me viene en gana. Juego con la masa y dejo que vuelva a derretirse y que se escurra por mi cabeza mientras se desliza por mi cuerpo. Yo soy el tiempo, pero la bombilla sigue ganándome en fuerza y resistencia y ni siquiera yo soy dueña de mí: el tiempo no controla al tiempo, el tiempo es independiente y dependiente, controlable e incontrolable. La realidad irreal que te hace ahogarte intentando comprenderla, asimilarla, cualquier cosa. Ni clavándome un reloj en el cerebro podría concebir el tiempo. Que los engranajes se instalen en toda esa masa viscosa, no hará nada, nada, nada de nada.
Esa bombilla decide no apagarse y yo me siento en el pasillo preguntándome hasta cuándo estará así. ¿Se fundirá? ¿Podré tocarla? Quiero sentirla, quiero sentirla sin que me queme la piel. Pero lo único que siento es que al intentar hacerme con el control del tiempo lo limito con mi humana cárcel de huesos y músculos y nervios. Yo limito al tiempo al intentar atraparlo. Yo impido que la luz se funda al observarla despacio.
Orienté mi cama a la ventana pero no veo el sol por la mañana. No veo siquiera las luces blancas del amanecer extraño. Nada. No veo nada. No puedo abrir los ojos y por eso no veo nada. Por más que lo intento es imposible. Y duele, además duele. Palpo mis párpados con miedo y delicadeza. ¿Qué ha ocurrido aquí? El escozor y la inflamación me resultan tan desconocidos que en cuestión de segundos entro en un pánico terrible. Casi puedo sentir el color: una fina línea roja, la piel raspada. ¿Y estos bultos? Mis atributos de luto. Me han cosido los ojos mientras dormía y solamente al despertar he logrado darme cuenta. ¿Y el dolor de la aguja? ¿Y el hilo, enredándome las pestañas? ¿Podría haber adivinado las manos, los dedos hábiles, del demonio nocturno que me maldijo y castigó sin motivo? Las travesuras del perverso. El mal arraigado. La diferencia no-tan-sutil entre el malo y el malvado. Es gradual. Requiere observación. Observación. Me han cosido los ojos mientras dormía y ni cuenta me he dado. Siento fruncir el ceño y moverse los malignos puntos de sutura. ¿Qué hacer? No profiero ni una queja, ni un lloro, ni un grito. Una exhalación leve es lo único que separa mis labios. Nada de eso parece adecuado para este terror tan fascinante. La labor es endiabladamente buena. Comienzo a pasear las puntas de mis dedos por mis párpados de nuevo. ¿Puede haber algo hermoso en esto? Me han cosido los ojos mientras dormía y las costuras parecen hasta simétricas, bonitas. No puedo verlas pero las siento bonitas. La ola de encantamiento se lleva las arenas del espanto. Estoy así, yazco así en la cama. Exaltada pero tranquila. Me han cosido los ojos mientras dormía y ya no puedo abrirlos.
Cold, dark sea.Me desperté entre gruñidos demasiado consciente de que estaba viva. Es algo que ocurre, ¿no? Hago todo en modo automático hasta que soy consciente de que muevo el brazo o la pierna o el diafragma para respirar. Wrapping its arms around me.Entonces, el corazón me late más fuerte, hay demasiado ruido en mi caja torácica y escucho mi respiración y mis parpadeos y cómo trago saliva. Y eso ocurrió esta mañana. Pulling me down to the deep. Demasiada realidad, arrollándome y arrullándome entre intempestivos retazos deshilachados de lo que fue y nunca más será. All eyes on me.
Siempre apreciaré ese momento frugal al despertar en que no sé quién soy, dónde estoy y cuánto he vivido. Si ahora es así, no quiero imaginar cómo lo haré con los años. I pushed you away. No es éxtasis ni vacío, simplemente es flotar en la luz de la mañana -o en la oscuridad de la madrugada -durante milésimas de segundo. Although I wished you could stay. El aire es muchísimo más ligero de lo normal, nada pesa, no han existido nunca ni el bien ni el mal. So many words left unsaid... Y al sentir la realidad bajar atropellada por mi garganta mis manos buscan aferrarse a ese instante como intentando atrapar aire, humo, nubes, niebla... tiempo. But I'm all out of breath.
Lo peor ocurre cuando los sueños no ayudan. So go, go, go, get out of here. Me despierto enterrada en recuerdos que parecen ser de otra persona. Mis recuerdos ya no son míos porque yo ya no soy lo que era. Go away, get out of here. Ya nada es lo que era. Ya nada será nunca lo que era. Supongo que es eso lo que es tan difícil de procesar, de asumir, de digerir. Es lo que pesa, lo que duele, lo que no me deja respirar.
Cold, dark sea.
Me hundo entre las olas. Entre las sábanas. Entre distracciones.
Creo que me he dado cuenta de algo importante. Pero no estoy segura. No porque no sea cierto sino porque estos días no logro fiarme de mí misma. No es que hubiera un bus, no es que no me bajara nunca del mismo bus o sí lo hiciera o nada de eso. Es que hay cientos y miles y millones de buses. De vidas. De todo. Quizás si fuese cierto y una parte de mí siempre diera vueltas en el mismo autobús. Mirando por la ventana. Quizás siempre será así. Quién sabe. Un trocito de mí lo cree. Sólo el tiempo puede darnos la razón.
Tengo tantas ganas de hacer tantas cosas que otra vez vuelvo a sentir como si mi vida fuera una sala de espera de un hospital. Aunque supongo que la única conclusión útil que puedo sacar al respecto es que siempre habrá que tener paciencia y esperar cosas mejores. O alguna conclusión madura y adulta y reveladora y profunda que aún no siento que me cale dentro de verdad. Al menos las ganas las tengo. Si algo tengo y algo me sobra son ganas. Ganas de vivir y de sentir y de seguir adelante y de dejar atrás y de cambiar y de hacer las cosas bien. "Hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar". Hasta que aciertas. Y es que metí tanto la pata que durante mucho tiempo no tuve otra manera de hacer las cosas. O quizás por creer eso le puse menos ganas y me tropecé incluso más. Quién sabe. Y al final acerté a lo grande. La cosa es que tengo que volver a hacerlo, porque puedo.
Bonjour, Tristesse
Hablando de esas ganas locas de hacer cosas mientras estoy atrapada de nuevo en la sala de espera que a veces es mi vida... Quiero irme, sin huir, simplemente quiero irme lejos. Quiero vivir. Quiero estar sola. Quiero irme a Grecia y quiero ir a la Riviera Francesa porque vi una película y simplemente quiero estar allí y llevar un bañador rojo y una camisa vaquera atada como Cécile. Quiero huir a Hawaii y encontrarme cuando vuelva a Los Angeles gracias a un pequeño-gran empujón y mi creación artística (porque haga lo que haga, nunca logro escapar de las comedias románticas). Quiero ir a Ibiza y Formentera porque he visto fotos y me he enamorado. También a Lanzarote a ver las estatuas que juegan con el viento. Quiero ir a Estados Unidos e irme de festivales y estar por el metro de Nueva York y escribir sobre toda aquella gente. Porque todos los tópicos alimentan mis fantasías sobre la gran manzana y que todo es posible en la ciudad que nunca duerme. Y es que necesito milagros en mi vida ahora mismo. Quiero sentarme en cafeterías en todas partes del mundo y beber té o comerme un trozo de tarta o lo que sea. Quiero irme a la montaña y hacer senderismo. Quiero vivir en el Círculo Polar al menos ocho meses y ver el sol de la medianoche y la aurora boreal. Hablando de mudanzas, yo también quiero irme a Londres a buscarme la vida. Quiero viajar tanto... Quiero irme a una casa en mitad de la nada a mirar las estrellas flotando en una piscina en la oscuridad de la noche y escuchar el auténtico silencio. Quiero ir a las tirolinas o a esos trampolines en los que te ponen arneses y saltas hasta lo más alto. Quiero estar en una montaña rusa de verdad, y no en esta de emociones que gobierna todo mi sentimentalismo y mi organismo a partes casi iguales. Quiero hacer muchísimas fotos y escribir. Quiero subirme a azoteas, a aviones, a sitios altos para verlo todo con más perspectiva y ser consciente de mi pequeña aportación en el cosmos, en el caos del universo (ah, la antítesis). Quiero tener una casa con un ventanal enorme y una biblioteca personal con uno de esos sillones en el alféizar de la ventana. Quiero ver la luna llena siempre. Quiero ser Natalie Portman en Closer y salir a tiempo: "I don't love you anymore, goodbye". Quiero ir a un baile de máscaras. Quiero hacer surf y montar a caballo y competir con el sable. Quiero perderme sólo para poder encontrarme. Quiero saber en mi lecho de muerte por qué viví. Y mil cosas más.
Tal vez no sea capaz de fiarme de mí misma, pero al menos sé que estoy dando el primer paso. Ahora sólo me quedan todos los demás.
Moon River, wider than a mile,
I'm crossing you in style someday.
Oh, dream maker, you heart breaker...
Wherever you're going, I'm going your way.
Two drifters, off to see the world, there's such a lot of world to see.
Ya no siento nada al ver mariposas. Estoy perfectamente tranquila en la oscuridad, apenas enciendo las luces por la noche, solamente si es estrictamente necesario. Hablando de necesitar, ya no necesito taparme ni el cuello ni los pies por la noche (costumbre de más de una década debido a terrores nocturnos y sonidos inexplicables del viento en el piso dieciséis -me decían que eran brujas y yo me lo creía). No veo nada en mi cabeza por las noches, me duermo relativamente rápido y me despierto demasiado pronto. Ya no logro pasarme las mañanas durmiendo. Ni las tardes. Bueno, casi. Y es pronto para hablar. Los segundos se me pasaban tan lentos al principio que quería tirarme por un puente, pero el tiempo ha vuelto a la normalidad y es el alivio más grande que he tenido desde entonces. Ahora me paso las horas viendo películas, series y pegada al boli bic azul cristal y mi Cuaderno Irónico, a modo de diario abordo. Creo que poquito a poco se me abre el estómago, pero no paso de las tres comidas al día. Llevaba una semana sin escuchar música, pero hoy ha surgido, así sin más, igual que todos los demás avances minúsculos que me llenan en trocitos diminutos por dentro. Es cuestión de actitud. Y de ser capaz de tener la actitud, para empezar. (Whatever Lola wants, Lola gets.) Esta mañana me desperté antes del amanecer. Me descuidé un momento y cuando volví a girarme hacia la ventana ya entraba una luz azul por el agujero entre la persiana y el alféizar. Me dio de lleno.
Es difícil dejarte ir, soltarte, todo eso... pero he descubierto que el primer paso es quererlo. Y yo lo quiero, lo quiero más que a nada. Hay algo ahí fuera esperándome. No sé lo que es, pero tengo muchísimas ganas de descubrirlo.