lunes, 7 de septiembre de 2015

Bratislava, creo que hoy te he dejado de querer

He vuelto a sentirlo, cómo la Relevancia de todas las cosas se desgarra de mí. Otra vez vuelve a escaparse entre mis dedos y vuelvo a estar hecha de sombras y papeles frágiles que arden de un instante a otro. No me extingo. Esta vez soy yo las llamas. Logro abrazar mis huesos astillados con mis músculos desgastados. No me esfumo otra vez. Ya no puedo permitírmelo más. Aceptar la idea de aceptar que está bien no estar bien. Deshaciendo y recolocando. Pequeños pasos. Crecer, esa palabra... Dejar ir, dejar atrás. Dejarme atrás.

Escribo a lápiz, pienso a lápiz: las mentes no paran de moldearse, las opiniones cambian. Mis miedos crecen. Mis armas también. A veces. Crecer, sí, crecer. Fechas de caducidad, fechas límite. Parámetros dentro de los cuales encajar planes, dentro de los cuales encajar vidas, dentro de los cuales encajarte a ti. Otra vez vuelve a escaparse de mí la Realidad, la realización de una vida que sigo sin entender y a duras penas consigo aceptar. Aceptación en vez de resignación. Infinitas posibilidades, por si me falla un sueño que aún queden otros.

El camino que no sé cómo construir. Me comprometo a poner aquí delante de mis pies descalzos una primera piedra diminuta. Estoy preparada para el frío. Tengo todavía un montón de vidas y pieles que mudar, de las que mudarme. Comienzo al menos a pintar las piezas del rompecabezas para algún día poder juntarlas. El mosaico de los últimos veinte años, el de los siguientes, el de los que queden. Bratislava, creo que hoy te he dejado de querer. O quizás no, pero estoy dispuesta a averiguarlo. Hasta que tenga sentido. Me lanzo de lleno. Lo que sea que tenga en las entrañas, lo que sea que me espere por delante: me adentro, apostándolo todo otra vez, por mí.

Hannibal

fin del Ciclo de verano
* * *

domingo, 6 de septiembre de 2015

"Here's looking at you, kid"

Hannibal

Soy la versión obsoleta, acabada, pasada de moda. La versión obsoleta de todo aquello que hacía, leía, escuchaba. Una ventanita al pasado donde estoy yo y mientras tanto me siento en una silla de madera, dentro de una alcoba desnuda, desprovista de color, solitaria. Allí donde me siento y pienso. Lejos, lejísimos, le leo, escucho y pienso. Lo que veo no son más que espejismos, invenciones, recuerdos distorsionados.

Me asomé por la terraza a ver los fuegos artificiales. Solamente podía ver un trocito del cielo iluminado de explosiones: una imagen casi lánguida retratando mi circunstancia en decadencia. Las luces y los sonidos me absorben. Me llego a sentir extasiada por unos instantes. No puedo evitar remontarme a todas las veces anteriores. Los fuegos artificiales son una de mis cosas favoritas en el mundo. Me maravilló darme cuenta de los trocitos de nosotros reconocibles en las cosas que nos fascinan. Desde mi perspectiva obsoleta aún en algunas de estas nuevas piezas veo pizcas de aquello que no me cuesta recordar. Y duele, pero a la vez me alegra. La ausencia no ha significado detrimento.


martes, 1 de septiembre de 2015

El corazón más pesado a este lado del Mississippi


Resquebrajada. Quebrada. Rota. Un saco desgastado que tuvo que llevar a hombros repleto de mí y mis desastres y mis miedos. Todos los monstruos que me desgarraron. Habría logrado hundir al mejor de los nadadores. Me pesaba tanto el cuerpo que podría haber dormido mil años. Casi lo hago. Lo intenté, lo sigo intentando. Me escondo ahora mientras intento sostener entre mis manos este corazón tan pesado. Cómo pude, cómo pude. Todavía no entiendo cómo no vi antes en el espejo mi reflejo insulso y desmenuzado. Metamorfoseé en un parásito espantoso.

Volví a uno de tantos lugares en que están escritos todos nuestros errores y nuestros aciertos. Me vi sentada del revés, a él leyendo Guerra y paz una fría tarde de invierno. Recuerdos tan lejanos de unas personas que ya no somos nosotros, de cuando no éramos, sencillamente. Tantas cosas que quisiera poder borrar y jamás podré eliminar de nuestro historial. Haciendo un recuento de todo solamente puedo sonreír y llorar, de alegría y tristeza, ambas, a la vez. El punto medio se nos escapaba casi todas las veces. Me avergüenzo de la soga que até a su cuello, firmé nuestra sentencia de muerte y ahora que intento borrarla comprendo que jamás ninguno de los dos podrá. A mis dedos frágiles y mi corazón débil solamente les queda un puñado de esperanza que arde como mil soles: no reescribir tanto como escribir de nuevo, redactar el acta otra vez. Damos el certificado de defunción por válido mientras dos aves fénix renacen de las cenizas de esta masacre.

Solamente queda saber si surcarán algún día los mismos cielos. 

Who Framed Roger Rabbit

domingo, 23 de agosto de 2015

It takes an ocean not to break

No puedo creer que me haya dejado arrastrar hasta aquí otra vez. Casi veinticuatro horas, entre las primeras veinticuatro y cuarenta y ocho son las peores. Después de setenta y dos ya has perdido la percepción del tiempo, medianamente, estas estimaciones no siempre son demasiado exactas. Luego solamente recuerdas en días, en semanas. No sé qué ocurre todavía después de meses. Tengo miedo de averiguarlo. De tener que averiguarlo. Estoy aquí de nuevo. Siento que me estoy ahogando y las ganas incansables se me salen por todas partes. Otra vez, otra vez. Mi reino de paz, mi pequeño reino de paz. Casi corrupto. Casi. well, I need to gather myself and regroup 

Cuánto quisiera poder franquear mis propios muros, acabar con la defensa: arqueros listos para disparar flechas en llamas desde las torres de la muralla, derribados. Unos veinte arietes en la fortaleza de piedra. Catapultas, jinetes a caballo, espadachines, milicia. Cualquier cantidad del más grande ejército medieval, feudal, lo-que-sea. Me encantaría tomarla entre mis dedos, deshacerla como si fuera simple plastilina, y además acertar. Acertar, acertar, la eterna búsqueda, el imperativo, la norma. Hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar, vaya tontería. Lo correcto, lo correcto, lo correcto como dogma. ¿Qué es lo correcto? No lo sé, pero sigue haciéndolo, lo estás buscando, casi lo estás palpando. 

Estoy llena de un pavor tan intenso que me ha dejado paralizada. Otra vez, otra vez. Miedo de edificar demasiado bien esos muros, quedarme encerrada dentro. Aunque luego viene el terror porque siento que estoy construyendo a orillas del mar, la arena se va con las olas y deja todo esto en un triste bulto entre la espuma y la sal. Resulta espeluznante incluso mirarme al espejo. A veces solamente veo ruinas. Me hundo entre la vergüenza y la pena. Estoy cavando una tumba constantemente, pero ¿para quién? 

"How did you manage to walk away unscarred? I'm covered in scars."

lunes, 17 de agosto de 2015

My Favorite Faded Fan

La planta baja de la biblioteca, un avión aterrizando en la costa este... La misma canción. No vi el título completo, creí que era una broma cruel, como si el Universo me hablara directamente a mí y me señalara y se riera de mi dolor a la vista de todos. No tuvo sentido, por supuesto, mi hilo de pensamiento. Hilvano ideas tan alejadas que solamente pueden confluir en mi cabeza, la única que no se cansa de martillarse con todas estas ilusiones insulsas. La imagen que vino a mí fue la de un ventilador sucio, con la redecilla de metal que lo recubre oxidada, polvoriento en un desván: el recuerdo de todo lo que fue y ya no es. Como mirarme en un espejo. Desgastada, rota, inservible, nadie va a mandar reparar un ventilador roto. No sé, en casa cuando alguno se ha roto compramos otro nuevo y fin de la historia, el otro va al trastero si aún podría exprimirse una pizca más de vida de él o directamente a la calle, al lado de los cubos de basura mitad verdes, mitad amarillos. Así me sentí cuando comenzó esta incansable búsqueda de mi ser, mi sentido.

Algo tan estúpido como un ventilador. Noches y días y errores incansables y leo my favorite faded fan ahí en el reproductor y todo cobra y pierde sentido. El propio aire que soplaba de ese ventilador podría haber acabado con los débiles cimientos que conformaron todo lo que fue y ya no es. No tuvo que hacerlo, los días estaban contados. Las fechas de caducidad me pesan tanto como las maletas que antes llevaban y traían mi vida de un lugar para otro. No, creo que quizás más. Esas maletas multiplicadas por cincuenta y cinco, las cajas de libros que no me dejaban mis padres llevar de un país a otro, de una casa a otra, pero que yo insistía en tener conmigo siempre. Sí, algo así. Todos llevamos un equipaje a cuestas.

Es sólo tras el abandono que logré por fin mirarme al espejo con una conciencia más pura de qué estaba viendo. O quizás más bien con una dureza y firmeza más sincera, más responsable. Siento que lo hice todo mal. Ahora, al menos no todo. Creo. Alguna vez supe algo, ahora ya nada. O poco. Estoy perdida en el bosque con una brújula que no sé usar y un mapa al revés que no entiendo. Estoy encerrada en una habitación llena de ventanas sin ninguna puerta para salir. (voyarompertusventanasyvoyaentrarcomoelaire)


you could be my favorite faded fantasy
I've hung my happiness upon what it all could be

what it all could be
with
you

you could hold the secrets that save me from myself
I could love you more than love could
all
the
way
from
hell

you could be my poison
my cross
my razor blade

jueves, 13 de agosto de 2015

Las historias de los hoteles

Simone me contó una historia que se ha ido diluyendo en mi cabeza a lo largo de cada uno de mis intentos de desmenuzarla y traerla aquí, donde van a parar tantas verdades y mentiras, todos mis espejismos aquí recogidos. ¿Qué es aquí realmente? ¿Existe? Las habitaciones de aquel hotel sí, igual que la cocina en donde estábamos todos reunidos. Yo no podía parar de hablar. Mi verborrea etílica es el denominador común de las madrugadas fuera de mi cama. Tanta cháchara mía me aburre y me avergüenza a la par que me emociona: todo en la misma medida pero sin simultaneidad. Aunque también escucho. Me gusta escuchar. Y escucharme. Me cuento historias y me dejo contar. Mi parloteo absurdo no admite espectador lacónico: aquí pedimos la interacción entre emisor y receptor activa más allá de uno que habla y otro que escucha pasivo. Abajo el lector pasivo que se queda cruzado de brazos. Hablemos. Toda interrupción, aportación y cambio de turno enriquece.

Primero reconocí en mí un palabrerío grandilocuente que solamente buscaba hablarle al mundo de mi obsesión, dolor, condena con nombre propio, castigo, sentencia, etc. Me siento locuaz y mi boca se agranda y saborea cada una de las palabras que mi mente le envía con esperanzas de fabricar un buen producto. Mis palabras, envueltas en un paquetito marrón, sencillo, con un lazo rojo alrededor. Total y completamente superflua (yo). Necesitaba saciar mi hambre. Hablaba y picoteaba por aquí y por allí. Un trozo de tomate y mozarella; sé decir tres o cuatro palabras. Patatas con sabor a crema agria y cebolla; vaya, gracias, también puedo leer algunas cosas. Pan; conocí a alguien que lo estudiaba.

Tras soltar algunas pistas que tranquilizaron a esa vocecita insoportable en una esquina de mi cabeza, más inquieta por la constante estimulación recibida a lo largo del día: amor verdadero, comida, bebida, música, bailes y gente; decía: tras soltar algunas pistas que la tranquilizaron pude seguir con mi interacción. El siguiente paso, aunque esto no es un proceso lineal, se irán intercalando, es el tercer grado ansioso, curioso, insaciable. Fue ahí donde mis ojos se desviaron hacia Simone: Sergey ya había cumplido su propósito. La pareja me resultó terriblemente útil. Todos creyeron que ella también era rusa, fue una de las cosas que me explicó. Yo escuché atenta y con los ojos bien abiertos. Realmente sé que mantuve muchas más conversaciones, pero poco más recuerdo. Me dijo que trabajaba en la limpieza de un hotel. Aunque me hubiera dicho el nombre y dónde jamás podría haberme quedado con ello. Ni me sonaría. Es más, probablemente haría memoria y me acordaría de un nombre que realmente sería totalmente distinto al real y este recuerdo estaría incluso más distorsionado. Volvamos.

Hoteles. No se me ocurrió en ese momento un trabajo mejor que limpiar habitaciones de hoteles. Me fascinan los hoteles, siempre me han fascinado los hoteles. He estado en montones de hoteles. He vivido en hoteles. Los desayunos. La recepción, los botones. Habitaciones con cama doble y cama sencilla, cama doble y sofá-cama. Los jabones pequeñitos y los gorritos de baño y los champús pequeñitos y los  kits de costura. Las camas recién hechas, los caramelos o bombones o detallitos en la almohada. Los ascensores enormes.  Los números en las puertas. Las tarjetas y las llaves. No se me ocurrió un trabajo mejor que ese. Siempre iba el mismo señor a la misma hora las mismas veces por semana. No recuerdo si también llevaba siempre a la misma mujer o si cada vez era una distinta. Ya no importa. La historia de Simone se diluyó en mi memoria hasta llegar aquí (¿aquí?) tan desmenuzada que realmente ha llegado otra historia, como siempre me pasa.

2046

jueves, 30 de julio de 2015

Night finds you


on my feet I stand tonight
stand alone inside the air
an extraordinary man
everything stops and holds me there

Hay algo acerca de la noche... Algo. No lo sé. Lo siento, me golpea de lleno: miro al cielo; ahí están las nubes y la luna llena, el aire fresco, 22ºC. La sensación liberadora es inigualable, ni el sol en sus mejores días puede llenarte tanto la piel y los pulmones y los ojos. La oscuridad o la ausencia de luz. No sabría señalar exactamente cuál de las dos es. La luna, la luna brilla más que el sol en ese momento: llena, redonda y blanca. La carretera, la soledad. Es totalmente cierto aquello que tanto dicen y repiten de que hay cosas que solamente tienen sentido de noche. Otorga algo especial. Un pacto bajo un manto de misticismo sin estrellas, la bruma envolvente de la vida noctámbula. Un sacrificio a la luz de la luna. Wrap me in the banner I made, put me away. Me siento libre... Más bien, liberada. Soy consciente de cada uno de mis movimientos, siento el esfuerzo de mis piernas al subir aquella cuesta empinada (cada día la veo más plana). Observo mi respiración y cómo se contraen mis músculos. Wrap me in the banner I made, burn me away. Me siento segura, o al menos tengo un sentido de seguridad imposible de alcanzar en el día. La soledad me resguarda, el aire nocturno, el anonimato de la madrugada. Si la noche tiene alas, son enormes y me encierran dentro para acunarme con una nana suave como esa brisa que trasnocha conmigo. Las nubes son grises, pero no son enemigas. La noche es tétrica y reluciente, como aquel famoso oxímoron en Paradise Lost: 

No light, but rather darkness visible / Served only to discover sights of woe