Y al tercer día finalmente lloré. Al menos esta vez no fue el primero. Salieron los mares revueltos que me estaban ahogando. Me quemaba la piel, ya quería arrancármela a tiras. Qué importará el detonante si al final a las diez de la mañana ya se me nublaba la visión y se me revolvían las entrañas. Atrapada en mí misma, en algún momento se desbordaría tanto dolor acumulado: ninguna presa es lo suficientemente alta ni fuerte para contenerme. No debería haber una presa. Me empeñé en construirla de todos modos. Estaba destinada al fracaso desde que con mi mano puse la primera piedra, el primer ladrillo: los cimientos. Condenada desde el origen de mi pensamiento. Tanto rato meditando desde la ventana del coche en la ciudad gris con tanto tráfico, mirando los autobuses y su humo pestilente y espeso. Todavía lo recuerdo. Y ahora no dejamos de hablar de significado y estos artículos no van a leerse solos y tengo miedo de que mi cerebro tampoco procese esto. Se ha quedado estancado. Creo. Temo. Y vi el color, el color temido: ya desgastado, probablemente resultado de una mala ejecución. La noche anterior el disco de Eels y tantas canciones bonitas y algo de alivio. Creer que hay algo al otro lado, ver que no hay nada al otro lado. Todo se postrará ante mí infinito, las puertas de la percepción impecables. ¿Cuándo? La rutina no es hilo conductor suficiente. No es nada. Poco ociosa también me encuentro perdida. La perdición es entonces algo intrínseco a mi composición, a mi significado: un nuevo elemento que no puedo tachar y me esfuerzo en ignorar, ya por costumbre y pena. Cuántos veranos, cuántos veranos me preguntaba la canción. ¿Qué es algo agradable? Lo añoro. Puedo hablar de todo lo repulsivamente odioso. Cada detalle minucioso, desgranado en lágrimas y heridas y derrotas. Una herida en la rodilla de la noche del viernes. No recuerdo cómo perdí el zapato, pero sí la sensación desgarradora mientras se deslizó de mi mano. ¿Cómo? ¿Cuándo? Quizás se quedó en el jardín, junto a la piscina. Quizás en la calle perpendicular a la mía. ¿En el coche? Nadie me ha dado noticias de él. Algo más que añadir a la lista y otra vez la desazón. Envuelvo con mi índice y pulgar derechos el corazón izquierdo. Intento volver a la realidad, Un vaso de agua, manchado de pintalabios rojo. Atraigo la jarra hacia mí con violencia. Tengo náuseas durante las siguientes dos horas. La visión, la visión, ¿qué haré cuando mute? Metamorfoseará para estrangularme, un demonio mezquino: podrías ser tú, pero no eres tú, nunca vas a serlo. Me lo escupe en la cara. Me siento en la silla roja y sobre la mesa de cristal me derrumbo. Mensajes de ánimo pero nunca más uno de los más necesitados. Ay. Y así no he leído qué pasaba con Alicia y Humpty Dumpty pero yo también me caí del muro y me hice pedacitos. ¿Cómo voy a recogerme con estos miembros rotos? Aun así, lo hago. Alguna fuerza astral, magia divina, ¡milagro! Fuerza de voluntad, empeño, perseverancia: palabras de slogan facilón, positivo... barato, a veces. Un párrafo sin espaciado, al mentor con nombre de flor no le gustaría esto. Quizás a esos modernistas de las veintiséis páginas que tengo que leer para mañana y no estoy leyendo sí. Tal vez a nadie directamente. ¿Qué busco? No sé, pero un significado parece un buen lugar para empezar.
Y cada vez me siento más como un criminal.
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