El día es azul claro. Un montón de pistas, fragmentadas, afiladas, se me clavan dentro. Picasso y su Periodo Azul, el mío parece perpetuo, yo también parezco sufrir el luto. Una colección de errores fatales que se superponen, cristalizados, rotos: minúsculos cristales pulverizados que son propulsados por la ventisca de esta asquerosa tormenta. Se cuelan en mis párpados y no puedo ver o pestañear siquiera. Se va el rojo de mis labios y se dilatan mis pupilas con los escalofríos de las primeras arcadas sobre las baldosas frías. El mundo se mueve, toda esta realidad no existe: soy espejismos y reflejos en espejos distorsionados. Mi realidad vibra mientras se tambalea. Mi visión apenas capta juegos de luces extraños y confusos donde hay una neblina entre la realidad externa y mi vorágine interna. La dicotomia constante de su sombra y su bondad. Coexisten y me aferro a los días soleados mientras casi he olvidado aquella felicidad tan lejana que ahora ya no alcanzo ni con la mirada. Me vacío y busco los retazos de mí con los cuales ahora quiero reparar el interior hueco, desolado. Intento atrapar todas mis palabras y se escapan de mis manos, rozándome delicadas y punzantes las puntas de los dedos. Me desbordo. Una y otra vez. Comienzo a vivir en un bucle de náuseas y pena, una humillación continua. Me enfrento a platos de comida que jamás terminan y sus restos me devuelven la mirada, inquisitivos.
Hay piezas que se quiebran una y otra vez y comienzo a dudar si podré juntarlas de nuevo. Un jarrón de cristal que se estrella contra el suelo y revienta, el golpe queda en ese caos estático: un momento congelado en el tiempo, retrato de mi ruptura personal con la realidad. De nuevo siento que el sentido de todas las cosas que se mueven a mi alrededor comienza a esfumarse, se va extinguiendo y solamente voy flotando en el humo gris y espeso, cuya función ya es simplemente retratar tristemente el espantoso resultado del último bombardeo a mis cimientos.
Vuelvo a la vida aunque casi prefiero nadar en mi deconstrucción personal. Ave herida que en un día de lluvia se resguarda bajo cualquier techo. Azul, color herido, sangra púrpura y espeso. En el espejo veo que el rompezabezas se ha descompuesto y todas las piezas están desordenadas, algunas extraviadas. Las campanas llaman y nadie puede atender a la señal. Hay una cadena, una cadena y ya en lugar de seguirla me ata las manos y se enrosca como una serpiente alrededor de mi cuerpo. Se desliza hasta mi cuello y me ahorca.
Aquí yacen de nuevo las esperanzas insulsas. Aquí, yazco aquí de nuevo.
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| One Day |

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