miércoles, 31 de diciembre de 2014

Prisoner on the loose, description:

Estoy rodeada de un montón de figuritas llenas de mugre. Algunas son de mármol, otras de porcelana, todas están fatal. Tienen distintas formas. Esta de aquí es un elefante y aquella de allí es un perro. Hay todo tipo de representaciones de objetos mundanos. Es su mundanidad lo que me aniquila, esa es la condena. Y pulirlas una a una. Si bien podría vivir rodeada de ellas en esta pequeña habitación demasiado abarrotada, descubro que no puedo más, o no quiero más. Comienzo a sentir la claustrofobia de este tedioso castigo interno. Froto una por una cada pequeña figura de porcelana, de mármol. Todas, una a una. Muy despacio, con mucho cuidado. Con ahínco. El empeño me deja las manos destrozadas, se me pelan los dedos y se me rompen las uñas. Demasiadas cosas que curar a la vez, pero todo el tiempo del mundo entre las costillas. Duele todo una barbaridad cuando respiro. Me palpo el costado, el pecho, los brazos, las piernas. Me faltan trozos por todas partes.

Me asomo a las heridas-abismos que no sé de dónde vienen y por qué no se van. Me cubro entera de vendajes y los cambio cada día. Me lavo las manos exhaustivamente, levanto las gasas y esparadrapos y vendas y todo. Escuece. Dicen que eso es que está curando. Dicen. Lo espero. Lo espero todo. Las heridas supuran. Las limpio. Cambio el vendaje. Así todos los días. A veces hasta más de dos veces. Hay días en calma, días que son tormentas en mitad del mar. Pero hay días. Aprendo realmente y de repente que hay días, que pasan, lo mejor de todo es que pasan. Se convierten en semanas, en meses, en años. Y es impresionante. Yo sigo cambiando los vendajes, claro. Cada vez que me asomo dentro me pregunto cómo puede ser tan profunda cada lesión. "Because it's the halves that halve you in half. I didn't know, don't know about the in-between bits; the gory bits of you, and the gory bits of me."  Y las lavo, las sano, las cuido. Salen cristales y clavos y espinas y todo-tipo-de-cosas-puntiagudas de esos barrancos de sangre. Pero salen. El alivio es espectacular, igual que el eterno fluir escarlata.

Pulo las figuras, cambio los vendajes, limpio las heridas y pasan los días. Me dejo las manos, me dejo las fuerzas, y cobro vida. Todo va bien. Todo irá mejor.


martes, 30 de diciembre de 2014

Tic-tac-BOOM

El monstruo siempre está esperando en la sombra para atacar. Se afila los dientes, sus zarpas están listas para arañar y destrozar. No conoce de límites. Solamente conoce la destrucción y la decadencia. Su corazón es como una bomba de relojería. Es un cofre lleno de rabia, resentimiento y dolor. El odio se acumula, se acumula, se acumula y tic-tac-tic-tac-tic-tac-BOOM. Explosión. Acaba con todo a su paso. Nos deja viviendo en un desierto árido cubierto únicamente por ruinas. ¿Cuántas veces no ha ocurrido ya? Hemos perdido la cuenta. Hay explosiones mayores y explosiones menores. Convive en una misma cárcel con una figura semejante pero mejor, aunque ciertamente más débil. Esa figura controla lo que puede, pero finalmente es incapaz de hacer nada. ¿Cómo puede haber dos personajes tan bien construidos en una misma cárcel-cuerpo? Uno tan capaz y otro tan incapaz. Capaz de todo lo malo e incapaz de todo lo bueno. Los dos polos opuestos, los dos extremos. La fiera mansa escucha a ratos, cuando el monstruo no le tapa las orejas y llena sus oídos y su cabeza de gruñidos y alaridos infames. Monstruo y Fiera Mansa se pasean, siempre al acecho, porque el mal impera sobre el bien. O el casi-bien. Entonces tic-tac-BOOM. Nadie puede resguardarse de la explosión. No hay manera de esconderse porque no hay dónde. No hay manera de responder. No hay manera de nada. La destrucción es masiva. Destruye el interior ajeno, el nuestro. Años han tardado en construirse fortalezas seguras, pero siempre se resquebraja al menos un trocito del muro. El Monstruo intenta agarrarse de cualquier sitio, pero obtiene el mismo resultado que si intentase asirse al aire o a nubes o al humo oscuro que desprenden sus pulmones. Todo ahí dentro es una bruma espesa y asquerosa. Lanza dagas de argumentos incomprensibles e insostenibles cuando recibe una bofetada de realidad y razón. Se asusta porque nota que su poder es falso. Los subyugados ya no se quedan comiendo la tierra contra la cual su pata hundía sus cabezas. Se alzan ante él, más o menos equivocados, pero se levantan. Tic-tac-BOOM. Nadie puede escapar de los arañazos y los mordiscos y la embestida de su furia letal. Sus gruñidos son rugidos absurdos, inadmisibles. Nada tiene sentido ahí dentro, nada. 

Una vez creo haber tenido entre mis manos uno de esos corazones-bomba. Era el guardián de engaños e inmundicia, latía y propagaba estiércol por doquier. Tic-tac-BOOM y también me estallaba en la cara. Lo quise como pude por todas las razones equivocadas y al verme tan llena de mugre y porquería me sentí tan repulsiva que tuve que dar un giro a todo. Fueron demasiadas explosiones. Quería sanarlo porque no podía sanar al Monstruo y necesitaba redimirme conmigo misma. Es ahora cuando comprendo que no es mi labor, que no fue mi labor y nunca lo será. La escoria será escoria. Y suena duro. Suena fuerte. Suena cargado de rencor. Y, ciertamente, lo está, está cargado de rencor. Un rencor y un egoísmo necesarios para cobrar fuerzas. Un rencor a sanar. Un rencor sanado en cierta medida. En cierta parte. Comprendí que el cambio comienza por mí. Coger lo negativo y convertirlo en positivo. Nunca más volví a mirar las bombas de relojería. El siguiente propósito: no limpiar en los demás la suciedad de las explosiones que he vivido. No me representan. No son nada. No soy yo. El tercero: perdonarme. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Reunión a orillas de lago (la toma del antes y el después)


Aquel extenso campo estaba delimitado por arbustos, al fondo había árboles más altos. En frente de mí se encontraba un enorme lago de agua tranquila y fría. El cielo estaba helado también, aunque soleado, las nubes lo convertían en un color azul grisáceo. Las montañas, a lo lejos, marrones y rocosas cerca del lago, infinitamente verdes a mis espaldas. Era todo tan verde... Entonces, llegó con aquel vestido morado de flores: tenía tres pequeños botones de adorno y sencillos volantes al final de la falda de corte recto. Llevaba el pelo más corto que yo e iba descalza. Se me agarró a la pierna sonriendo, tan pequeña y yo tan alta. Lo único que quería era correr. Por primera vez, correr de verdad. Trotaba contenta por la hierba verde, corríamos de la mano, nos reíamos, saltábamos. Ya la delicadeza de sus diminutos hombros no se rompía con nuestros problemas. Aquellos antiguos escenarios oscuros, decadentes, desagradables. Nos sentíamos bien. Estábamos bien. Solamente había comprensión. Era lo que se respiraba en la plácida atmósfera de montañas y árboles y césped y agua. Contra todo pronóstico. La cogí en brazos mientras le acariciaba las mejillas y el pelo. Tenía muchas cosas que explicar, que explicarle. Ahora sus brazos y piernas podrían descansar del peso que sus manos ya no soportaban. Las respuestas ya no tenían por qué hallarse allí. Yo me ocuparía de ahora en adelante. Todavía en mis brazos la llevé dentro del lago. No me pesaba la ropa empapada, ni sentía frío tampoco. La dejé flotar sobre el agua en calma, tranquila. Mis manos la resguardaban de hundirse y su respiración pausada y profunda la mantenía a flote. Un equipo. Todo estaba bien. Todo estaría bien.


A orillas del lago nos sentamos y lloró todas las cargas pasadas. Mi único trabajo era cuidarla del daño y dejarla volar libre. Besé su tierna mejilla y le sequé las lágrimas. Vi en sus ojos que lo entendía y que casi confiaba en mí por completo. Casi. Es por ese casi por el cual tengo que seguir luchando contra todo lo que me retiene de ser. Ser en una totalidad todavía desconocida para mí, ser en una entereza que me produce tanto miedo como curiosidad pero, por encima de todo, me da ganas y fuerzas. Ya no habrá persecuciones ni tormentos ni profundos dolores en el costado incontrolables. En la medida de lo posible. No puedo prometerle un bienestar eterno sin obstáculos, pero sí puedo afirmar que todo irá bien. Y me mira y me cree y en ese instante no necesito nada más. Tampoco necesito volver a ser ella porque ya lo soy. Esto no es una guerra, es un camino que hacemos juntas. Nos fusionamos en un todo que ahora se yergue de nuevo frente al lago y observa sus manos. Soy capaz, respiro. Y eso es un buen pensamiento. Sé dónde estoy, sé lo que quiero y, más o menos, voy averiguando muy lentamente qué hacer. Es complicado, pero he sabido reconocerla, he sabido escucharla y he sabido aceptarla y quererla. No he vagado perdida, no he huido: lo he enfrentado de lleno y me he precipitado a mi interior como he podido. Con todo el valor que he recogido. Con todo lo que tengo, que he recaudado a lo largo de casi dos décadas. Tengo todas las preguntas y las respuestas, sólo es cuestión de poder verlas. Nado en los fangos de mí, de mi interior, que laten sangrientos, heridos, maltrechos. Sano lentamente cada rincón, cada herida absimal, cada lago de culpa, cada montón de errores. Lentamente. Despacio, con cuidado, con todo el cuidado del mundo. Todo en mí pugna por rehabilitarse. 
¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: "Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito."
Julio Cortázar, Me caigo y me levanto (La vuelta al día en ochenta mundos) 



miércoles, 17 de diciembre de 2014

Nº 3: Viuda negra

Penny Dreadful
Llevaba un vestido negro precioso. Era de mangas largas y la falda llegaba un poco por encima de las rodillas. El vestido era de una tela negra sencilla, recubierta por el encaje bordado en terciopelo, con dibujos casi arabescos, entrelazados en sus miembros: por su tronco, por sus brazos, delineando sus clavículas con el cuello redondo y abierto. Era ajustado justo hasta la cintura, donde se soltaba y caía sin mayor esplendor; al fin y al cabo, era un simple vestido negro, sencillo y lúgubre. Supongo que lleva zapatos a juego, serían unos zapatos corrientes del mismo color. Estaba sentada y no paraba de llorar. Deshecha, derrotada, claudicando ante un luto impuesto por alguna fuerza externa y aniquiladora. Desconozco la fuente. El desconsuelo en su llanto era atroz. Llevaba su calvario alrededor de aquel patio abierto de ladrillos y baldosas color amarillo desvencijado, color crema grisácea. Se sentaba en alguna silla, se paseaba por las mesas, se rodeaba de gente, se iba sola. La observaba cada poco. No me atreví a preguntar a nadie de dónde provenía esa inconsolable pena. No era asunto mío, supongo. Solamente pude suponer, y supuse que algo terrible había ocurrido. Yo estaba en una línea totalmente distinta, con mi propia historia; tenía mis asuntos dispares, paralelos y distantes. Igual que fluye en realidad la vida. Y así fue y así terminó. Se desvaneció y fin. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Nº 2: El desconocido (XV)

The Royal Tenenbaums
Su tío acababa de morir. Estábamos en la pequeña ciudad de piedra para el entierro. O quizás vivíamos allí. Quién sabe. Recuerdo que en una de las habitaciones de la casa había un gran baúl lleno de ropa antigua de la familia. Estaba algo desvencijada y sus colores que un día seguro fueron vivos ya estaban más bien muertos. La casa tenía bastantes habitaciones y era muy gris. Pasaron varios días. Nuestras vidas allí transcurrían con toda la normalidad posible, aunque nunca llegó el entierro. La dilación era palpable en el aire. Vagábamos de casa en casa y de calle en calle. Finalmente, uno de esos días, el sueño llegó a su fin en un pequeño evento que dio la vuelta al sujeto central del delirio nocturno. Le abracé, y en ese abrazo entre sollozos me pedí perdón. Era su tío el que acababa de morir, pero era yo quien perdía la compostura. Lloré en su hombro y me perdí en su camisa. Me deshice en disculpas y reproches y alivio. En fin, me deshice. No recuerdo si me recompuse o no me recompuse, pero eso ya da igual. Todo se desvaneció y fue la única sensación que permaneció. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

El huracán de casualidades (LCdOyM)


Me duelen la mano, la muñeca y el brazo. Es culpable la fuerza con la que presionaba el boli azul contra el papel del cuaderno negro. La historia dejada a medias por incapacidad, levemente retomada. Todavía siento en el pecho los restos de la emoción, tanto tiempo latente, por fin auténticamente a flor de piel. Todas aquellas sensaciones oscuras y frías. Me coloqué en el lugar perfecto y abrí los ojos en el momento adecuado para deleitarme con la horrorosa visión. He descubierto que soy la única que puede rescatarme de ello. Tenía esperanzas de que la cura pudiera residir en otras manos, repartida entre varios, un conjunto de antídotos. El poder distribuido entre diferentes chamanes que pueden realizar conjuros que se escapan de mi control, invocar fuerzas que yo me he creído siempre incapaz de reunir. Me quedé sorda y sin pulmones. Me quedé paralizada, totalmente inmovilizada por el peso de la realidad. Ahora entro de nuevo en aquel sitio. La encuentro allí donde se quedó atrapada. Le paso mi chal blanco por encima de los hombros. La arropo como puedo y la abrazo mientras la llevo hacia la puerta. Yo tengo el control y yo soy el apoyo. Yo necesitaba verlo todo de cerca, muy de cerca, bien de cerca, cerquísima. Salimos por la puerta y era de noche. Era invierno y supongo que hacía frío, pero yo no lo sentía. Ahora tiritaba entre mis brazos, temblando por el fresco y el llanto. Se atragantaba con los sollozos, su cara totalmente descompuesta en una mueca de dolor y espanto espectacular. Nos sentamos en la acera. No paraba de estremecerse, sus lágrimas estaban en todas partes. Caminaba por pantanos, con cemento en los pies y grilletes en las manos. La abracé muy fuerte, tan fuerte como pude. Tenía unas ganas infinitas de salvarla. Tres sílabas que ponían nombre a una parte de mi resquebrajado dolor e interior. Poco a poco se fue tranquilizando. De repente, sin esperarlo, apareció su figura alargada frente a mí. Me tomó por sorpresa. Completamente. Me quedé paralizada yo también, totalmente sobrecogida. Estiró su brazo y le ofreció su mano y un abrazo en que le pedía perdón. Yo también me puse de pie y sonreí. Todo el daño, todos los recuerdos de ese trocito de mí se vieron reducidos a eso: un perdón. La llevé hasta la cama, la tapé con una manta gordita y azul. Ella, calmada y serena, se hundió en un sueño plácido y profundo. Respiraba tranquila, por fin. No estaba perdida en la nada ni devorada por el dolor. No estaba desconsolada ni quebrantada ya. Nosotros nos fuimos andando de allí, a lo lejos, hacia el horizonte. Mientras, tumbada en mi cama, dos delgados surcos de lágrimas me recorrieron las mejillas. Todo estaba bien.

HIMYM

martes, 11 de noviembre de 2014

Mi reino junto al mar


Mi isla, mi playa, fue invadida desde el primer instante por una fuerza mayor que mi consciencia. Siempre veo su alargada figura caminar desde el extremo oeste de la extensión de arena amarillenta y fría. Viene con un paso tranquilo, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa parte de su cara de circunstancia. Siempre de negro, la chupa de cuero, el aire frío. Hay un cofre en mitad de la costa. Es dorado y grande. Está hecho de madera y oro y rubíes y zafiros. El baúl donde van las cosas malas. Me ayuda a meterlas allí, una vez procesadas. Nos sentamos a orillas del mar y miramos al horizonte. El agua del mar está tranquila y es azul oscuro tirando a veces a negro, creando un contraste juguetón con la espuma. Parece tan frío como el aire que corre por la explanada de arena. Hay calma. Hay paz. Miramos al horizonte con esa brisa marina despeinándonos y a veces me deja su chaqueta. Respirar aquí es maravilloso. La tranquilidad a veces gélida, la serenidad de nuestra soledad y aislamiento. Se repiten las acciones una detrás de otra en bucle. Un retazo de una película puesto en repetición. Todo está bien aquí. 
(the world is quiet here)


Sin embargo, las circunstancias cambian y los santuarios en forma de refugio a veces se vienen abajo. Son un recuerdo más de algo que ha terminado. Mi isla, mi playa, realmente la hice nuestra. Estaba fuera de mi control, un momento en que doy el poder a mi subconsciente y la razón no puede intervenir de ningún modo. He ahí la cuestión. Tuve que ponerme manos a la obra. Construí una pequeña barca con mucho esfuerzo. Aquí todo reside en la imaginación y esta despedida era difícil de digerir. Te voy a dejar ir, susurré, a merced del viento. Lo sentí sumergida en el agua. La de verdad. El mar que me engullía por mi incapacidad de relajación al intentar dejarme llevar por el leve oleaje. Oía el ruido de las aguas: las olas, las lanchas, los chapoteos, los gritos y las risas amortiguados. Mi respiración se tornó más tranquila y conseguía flotar con más facilidad. Construí mi pequeña barca y tumbé su cuerpo dentro. Los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada impasible. Cooperando. La imagen se teleportaba de la orilla a la barca y viceversa. La imaginación da para lo que da. Extendida su forma a lo largo del bote con un pañuelo blanco y sollozos despedía la embarcación de la orilla. Empujaba hacia el mar y veía cómo se perdía en el horizonte. Se perdía todo. Dejar ir. Sí. Dejar ir. Volvía. Se iba. Volvía. El poder de la mente tiene sus limitaciones cuando esta está abatida. El desaliento empujaba a ratos más fuerte que el viento.  Pero también el desencanto devolvía nuestras figuras a la primera escena y el trabajo volvía a empezar. 


miércoles, 5 de noviembre de 2014

De cómo consume el anhelo (advertencia)

Tengo una capacidad brutal para convertir simples cosas que quiero en necesidades. Dependiendo del día lo atribuyo a mi carácter apasionado o a mis insanas obsesiones. Supongo que cada uno tiene un poco de verdad, pero en su total absoluto ambas pierden su sentido. Ninguna es objetiva. Puedo pasar de deseo a necesidad en cuestión de minutos. De horas. De días. Se me atraviesa una idea en el pecho y ¡bam! Se enciende el fuego, me calcinan las llamas mientras se me estiran los labios y se me salen los ojos de las órbitas. Respiro tan fuerte que me duelen los pulmones y las costillas y el diafragma. La exaltación me consume entera. El anhelo. La apetencia. El afán. Las expectativas. Todo, t-o-d-o, TODO.  Hay algo de soledad en ese apetito insaciable del deseo. En el mío al menos. Los picos de la obsesión enfermiza me esconden del resto. And all I loved, I loved alone. No exactamente, pero por ahí van los tiros, señor Poe. Uno de los problemas reside en que yo no escucho a la sombra del Cuervo que me dice que nunca más y ya está. Me caigo y me levanto. Casi. Es otro de los matices, claro que lo es, nada puede ser el todo porque el todo es una suma de las partes. No sé tener hambre. Los placeres no los disfruto despacio. Algunos. Quizás. Quién sabe. Alguno. Soy una persona de extremos, de terribles extremos, cuya mayor aspiración es el equilibrio. Mi gato se asusta con cualquier ruido: las pisadas, las puertas, el vecino. Estas cosas son complicadas. Los elementos externos son un factor a tener en cuenta. Si nos salimos de nuestro propio control, ¿cómo vamos a abarcar lo demás? Creo que la clave está en dejar ir un poco esa avidez maniática de poder. Hace frío y tengo las manos congeladas y las fuerzas por los suelos. ¿Cómo logro asir nada? La cara oculta de mí. No sé. Estoy en camino de equilibrar mi balanza. 

The Longest Week

domingo, 5 de octubre de 2014

Su plumaje era gris y azul

El rey del aire, el rey de la nada. Era triste. Era tan triste. Los precios en rojo sobre esas pegatinas amarillas para llamar la atención. Tú, 7€; el de allí, 3€. Y ellos eran de tantos colores: negros, naranjas, azules. Nadaban, pequeños, en su mar diminuto. La inmensidad del océano reducida a una cárcel de cristal y réplicas de plástico de la naturaleza. Era tan triste. ¿Lo sabrían? Los pájaros no paraban de piar. ¿Estarían llorando? ¿Qué dirían? Dentro de esas jaulas, esas terribles jaulas ahí arriba, en las estanterías de comida y juguetes. Fue entre los chillidos que lo vi. Sobrevoló rápido la mitad del almacén. ¿Se habría dado cuenta alguien? Lo señalé con el dedo y el brazo estirado hacia arriba para seguir su recorrido. Se posó en unas barras que sobresalían del techo. Era color azul eléctrico y gris con un poco de blanco, un poco de negro. Nos observaba desde lo alto. Estaba tan quieto. Y yo estaba totalmente hipnotizada. No podía dejar de mirarlo, aunque lo único que distinguía claramente de él era su plumaje azul, emborronado por la distancia, difícil de ver por el verde de las barras y el gris de las paredes. Estuve ahí parada, completamente embelesada, hasta que nos llegó el turno y ya teníamos que irnos. Quise despedirme y pensé: «si quiero despedirme de ti necesitas un nombre… Ozymandias. Adiós, Ozymandias». ¿Será como El Cuervo y seguirá ahí sentado, ahí sentado en aquellas barras? ¿Lo habrá cogido alguien o se habrá escapado? Pobre Ozymandias, azul Ozymandias. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

La voz de ultratumba y los gritos desgarrados (rojo y azul)

Peaky Blinders

La noche me cortó la respiración. «Muere» La oscuridad me paralizó por completo. Estaba agotada. «Vuelve» Es una constante en mi vida, estar exhausta. Me agarré con las manos a las sábanas, aferrándome a ellas, retorciéndome. «Muere» Sin fuerzas. Sigo caminando sin fuerzas. «Vuelve»  Estoy pegada a la cama. El colchón se vuelve de piedra, igual que yo, aunque comienzo a hiperventilar. «Muere» Entonces me arrastro por la casa con total desgana.Lo único que se mueve es mi pecho, subiendo y bajando, inflado con jadeos por el miedo. «Muere» Siento cómo el sollozo se está formando en mi pecho, tan grande como mi diafragma logra inflarse, aunque una vez estalla se escapa de cualquier atadura, cualquier tipo de control. «Vuelve»  La escuché con una claridad espeluznante. «Muere» Lo veo venir como quien ve cómo se acercan las olas desde la orilla. Sé que van a arrastrarme mar adentro, en el océano de tristeza azul que me embriaga día sí, día no; día sí, día también. «Vuelve» Me arrastró con una zarpa enorme a la realidad, arrancándome del mundo paralelo del sueño. «Muere» Ya estoy viendo la gran zambullida fría y aguda como mil agujas que se clavan certeras a la vez en todo mi cuerpo. «Vuelve» Ya casi se ha acumulado del todo, el ataque está casi listo, a punto. Un último suspiro mientras siento cómo mis facciones se contraen. Comienza como una suave llovizna, las lágrimas iniciales, dulces, suaves, inofensivas, inocentes. Se convierten en cascadas. «Vuelve» Parecía sacada de una película de terror. «Muere, muere» Al principio el llanto es medianamente silencioso: sólo está acompañado de quejidos casi inarticulados. «Vuelve»  Estaba ahí tumbada sin saber si estaba viniendo a por mí o no. Luego… «Vuelve» Luego comienzan los alaridos. «Vuelve, vuelve, vuelve» Ese susurro carrasposo me invadió entera. «Muere» Mi cuerpo se volvió hueco y dentro resonaba, vibrando, el horroroso murmullo. Se dedicó a rebotar dentro de mis pulmones entremezclándose con el aire, impidiéndome respirar, provocando el sofoco. «Muere» Los alaridos de dolor. «Vuelve» Las preguntas, las dudas. «Vuelve» La eterna petición, la única en ese momento de ruptura con el control y el equilibrio. «Vuelve, vuelve, vuelve, vuelve» Creo que ha salido a cazar y está intentando apoderarse de mí. «Muere, muere, muere» Le hablo a la nada. «Vuelve» Solamente mi propio eco y el silencio del otro lado me responden. «Vuelve» El eco me está arañando la espalda. Estoy asustada, estoy horriblemente asustada. Quiero llorar, quiero gritar, quiero quitarme de encima al monstruo gris que se esconde detrás de esa voz repulsiva. «Muere» Me escondo. «Muere» Estoy aturdida. «Muere» ¿De dónde ha salido? «Muere, muere, muere, muere» Paran las súplicas. «Vuelve» Se detienen los gemidos. «Vuelve» Simplemente me quedo sentada en el suelo, abrazada a mis rodillas. «Vuelve» Vuelvo a intentar dormir. «Muere»  Sintiendo una lágrima, gorda y larga, ardiendo mientras se desliza de mi ojo y recorre mi mejilla. «Vuelve» Tuerzo el cuello hacia una caricia tranquilizadora. «Muere» Sigue retumbando. «Muere» Todo me quema, por fuera y por dentro. «Vuelve» Intento olvidarla. «Muere» No deja de atormentarme. Y otro último suspiro pone fin a todos los lamentos. Sin fuerzas.


Peaky Blinders

lunes, 22 de septiembre de 2014

Nº 1: Feliz cumpleaños

Palo Alto
Soñé que era tu cumpleaños y yo te hacía una tarta y nos reuníamos en mi casa. Nadie quería estar ahí ni yo estaba para nadie, era todo muy extraño. Supongo que es porque todavía me acuerdo, todavía hay un pequeño hilo débil que entrelaza todo esto conmigo. Creo que llovía y al final nadie quería comer tarta. Llegabais tarde. Vuestras caras me eran demasiado lejanas. Un par de ojos cansados, enrojecidos. No verás los entresijos de mi mente ni sabrás quién eres, pero de entre todos los cumpleaños era el tuyo. Y estábamos en este presente tan raro con todas las piezas de mi vida desperdigadas y perdidas por el suelo. Será que me gusta tropezarme con mi propio caos. Creo que la cesta en que las guardo tiene un pequeño agujero y por eso cuando salgo a recogerlas como si fuera a buscar moras o fresas o cerezas al bosque la labor es infructuosa. Te conjugaba en presente, a ti y a otras tantas personas que se han quedado tan atrás en los últimos años... Y no era nada fuera de lo normal. Sólo es disparatado al despertar. En fin, no sé, si mis sueños son un mundo supongo que anoche cumpliste años, así que... felicidades. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

And I'll lay right down in my favorite place (ROJO II)


Solamente llevé a cabo la empresa porque no pensé que fuera a generar desastre alguno. No sé si lo habría hecho de todos modos de haber sabido el resultado. Cogí el cuchillo y comencé a cortar por el costado. Pretendía tallar un cuadrado, como una pequeña puertecita. Comencé con la línea vertical de la izquierda, continué con la de abajo horizontal. Una fina línea roja de sangre guardaba mi rastro en la piel, como un camino de migas de pan en el bosque. Completé el cuadrado: cuatro lados, medianamente iguales, casi simétricos. Pude entonces adentrarme, pasear con mis dedos por la entrada.  Desgarré la piel y, contra todo pronóstico, montones de sangre comenzaron a brotar de la ventanita de carne. El ente respira. Este ser está vivo. Ahora noto el calor, el latido, la vibración. Veo que ahí dentro hay vida. Tengo las manos rojas y creo que pierdo el control. Me mareo. Hago de mis manos una pequeña tacita que buscar recoger esa cascada roja de actividad y supervivencia. La observo sedienta, fluye entre mis dedos y se resbala por mis manos. Pruebo a dar un trago. Dos. Tres. No más. Moderación. Quiero revolcarme en el suelo donde ha ido a parar ese desastre, tumbarme en el charco hasta inundarme. Meto las manos dentro del agujero que creía vacío y siento mi piel invadida por pura energía. Necesito empaparme de todo ese vigor interno. Deseo febrilmente comerme la piel de un modo tan salvaje que apenas puedo contenerme y dejarla en su sitio. Cierro la puerta. Arreglo la herida como puedo. Hago un trabajo desastroso. Me alejo lentamente. Intento decir algo pero se me ahoga la voz en la garganta. Logro por fin girarme, manchada entera de sangre y tan viva como un corazón latiendo a mil por hora.  

Penny Dreadful

domingo, 14 de septiembre de 2014

b-l-a-n-c-o

Dos puertas abiertas enfrentadas. Sus haces de luz convergen en el pasillo. Salen de la apertura en diagonal hacia arriba. Y una de las luces se apaga. Ya está. Así de simple. ¿Quién tiene en cuenta la que se queda encendida? Qué crimen. Intento desenroscar la bombilla, para qué se va a quedar ahí sola, pero me quemo los dedos cada vez que me acerco. No logro ayudarla. Quiero sacarla de ahí y estrellarla contra el suelo. La custodio unos días: no quiero perderme el fundido, el apagón. Porque tendrá que fundirse, tendrá que apagarse. Es ese el orden de las cosas. Te enciendes y te apagas. ¿No? No sé. Quien afirme algo ahora mismo, en este segundo, miente. Porque me adueño de este segundo. ¿Por qué? Mi custodia mirando la luz me ha sacado fuera de mí. Ahora estoy cegada pero veo con claridad. La claridad del deslumbramiento. Veo figuras como si hubiera una pantalla de leche que se sostiene fina y horizontal y el movimiento la atravesara a trozos. Un brazo se mueve aquí, una pierna allá. Paseo entre realidad e ilusión a mi antojo, encuentro el equilibrio en la cuerda floja y me gusta caerme en la red sin saber que la hay. Me hago dueña auto-proclamada y falsa del tiempo y hago con él lo que quiero. Un reloj color plata se deshace entre mis dedos y recojo el material derretido y al tocarlo se convierte en plastilina que moldeo como quiero. Nadie puede detenerme puesto que yo estas manecillas, trocitos de metal incrustados en las puntas de mis dedos ahora, las manejo como me viene en gana. Juego con la masa y dejo que vuelva a derretirse y que se escurra por mi cabeza mientras se desliza por mi cuerpo. Yo soy el tiempo, pero la bombilla sigue ganándome en fuerza y resistencia y ni siquiera yo soy dueña de mí: el tiempo no controla al tiempo, el tiempo es independiente y dependiente, controlable e incontrolable. La realidad irreal que te hace ahogarte intentando comprenderla, asimilarla, cualquier cosa. Ni clavándome un reloj en el cerebro podría concebir el tiempo. Que los engranajes se instalen en toda esa masa viscosa, no hará nada, nada, nada de nada.

Esa bombilla decide no apagarse y yo me siento en el pasillo preguntándome hasta cuándo estará así. ¿Se fundirá? ¿Podré tocarla? Quiero sentirla, quiero sentirla sin que me queme la piel. Pero lo único que siento es que al intentar hacerme con el control del tiempo lo limito con mi humana cárcel de huesos y músculos y nervios. Yo limito al tiempo al intentar atraparlo. Yo impido que la luz se funda al observarla despacio.


Stockholm

jueves, 11 de septiembre de 2014

Despondent

Orienté mi cama a la ventana pero no veo el sol por la mañana. No veo siquiera las luces blancas del amanecer extraño. Nada. No veo nada. No puedo abrir los ojos y por eso no veo nada. Por más que lo intento es imposible. Y duele, además duele. Palpo mis párpados con miedo y delicadeza. ¿Qué ha ocurrido aquí? El escozor y la inflamación me resultan tan desconocidos que en cuestión de segundos entro en un pánico terrible. Casi puedo sentir el color: una fina línea roja, la piel raspada. ¿Y estos bultos? Mis atributos de luto. Me han cosido los ojos mientras dormía y solamente al despertar he logrado darme cuenta. ¿Y el dolor de la aguja? ¿Y el hilo, enredándome las pestañas? ¿Podría haber adivinado las manos, los dedos hábiles, del demonio nocturno que me maldijo y castigó sin motivo? Las travesuras del perverso. El mal arraigado. La diferencia no-tan-sutil entre el malo y el malvado. Es gradual. Requiere observación. Observación. Me han cosido los ojos mientras dormía y ni cuenta me he dado. Siento fruncir el ceño y moverse los malignos puntos de sutura. ¿Qué hacer? No profiero ni una queja, ni un lloro, ni un grito. Una exhalación leve es lo único que separa mis labios. Nada de eso parece adecuado para este terror tan fascinante. La labor es endiabladamente buena. Comienzo a pasear las puntas de mis dedos por mis párpados de nuevo. ¿Puede haber algo hermoso en esto? Me han cosido los ojos mientras dormía y las costuras parecen hasta simétricas, bonitas. No puedo verlas pero las siento bonitas. La ola de encantamiento se lleva las arenas del espanto. Estoy así, yazco así en la cama. Exaltada pero tranquila. Me han cosido los ojos mientras dormía y ya no puedo abrirlos. 

lunes, 4 de agosto de 2014

The sinking woman


Cold, dark sea. Me desperté entre gruñidos demasiado consciente de que estaba viva. Es algo que ocurre, ¿no? Hago todo en modo automático hasta que soy consciente de que muevo el brazo o la pierna o el diafragma para respirar. Wrapping its arms around me. Entonces, el corazón me late más fuerte, hay demasiado ruido en mi caja torácica y escucho mi respiración y mis parpadeos y cómo trago saliva. Y eso ocurrió esta mañana. Pulling me down to the deep. Demasiada realidad, arrollándome y arrullándome entre intempestivos retazos deshilachados de lo que fue y nunca más será. All eyes on me.


Siempre apreciaré ese momento frugal al despertar en que no sé quién soy, dónde estoy y cuánto he vivido. Si ahora es así, no quiero imaginar cómo lo haré con los años. I pushed you away. No es éxtasis ni vacío, simplemente es flotar en la luz de la mañana -o en la oscuridad de la madrugada -durante milésimas de segundo. Although I wished you could stay. El aire es muchísimo más ligero de lo normal, nada pesa, no han existido nunca ni el bien ni el mal. So many words left unsaid... Y al sentir la realidad bajar atropellada por mi garganta mis manos buscan aferrarse a ese instante como intentando atrapar aire, humo, nubes, niebla... tiempo. But I'm all out of breath.


Lo peor ocurre cuando los sueños no ayudan. So go, go, go, get out of here. Me despierto enterrada en recuerdos que parecen ser de otra persona. Mis recuerdos ya no son míos porque yo ya no soy lo que era. Go away, get out of here. Ya nada es lo que era. Ya nada será nunca lo que era. Supongo que es eso lo que es tan difícil de procesar, de asumir, de digerir. Es lo que pesa, lo que duele, lo que no me deja respirar. 


Cold, dark sea.
Me hundo entre las olas. Entre las sábanas. Entre distracciones. 
Your waves are rocking me.
Pero los días pasan. 
I close my eyes and fall asleep.
El tiempo pasa. 
All eyes on me.
Por suerte, la vida sigue.
Your eyes on me. 
Y las cosas se superan. Tarde o temprano.


La vida sigue. Es el único consuelo. Por ahora.

(qué duro es volver a empezar)

jueves, 31 de julio de 2014

Over the moon!

Creo que me he dado cuenta de algo importante. Pero no estoy segura. No porque no sea cierto sino porque estos días no logro fiarme de mí misma. No es que hubiera un bus, no es que no me bajara nunca del mismo bus o sí lo hiciera o nada de eso. Es que hay cientos y miles y millones de buses. De vidas. De todo. Quizás si fuese cierto y una parte de mí siempre diera vueltas en el mismo autobús. Mirando por la ventana. Quizás siempre será así. Quién sabe. Un trocito de mí lo cree. Sólo el tiempo puede darnos la razón. 

Tengo tantas ganas de hacer tantas cosas que otra vez vuelvo a sentir como si mi vida fuera una sala de espera de un hospital. Aunque supongo que la única conclusión útil que puedo sacar al respecto es que siempre habrá que tener paciencia y esperar cosas mejores. O alguna conclusión madura y adulta y reveladora y profunda que aún no siento que me cale dentro de verdad. Al menos las ganas las tengo. Si algo tengo y algo me sobra son ganas. Ganas de vivir y de sentir y de seguir adelante y de dejar atrás y de cambiar y de hacer las cosas bien. "Hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar". Hasta que aciertas. Y es que metí tanto la pata que durante mucho tiempo no tuve otra manera de hacer las cosas. O quizás por creer eso le puse menos ganas y me tropecé incluso más. Quién sabe. Y al final acerté a lo grande. La cosa es que tengo que volver a hacerlo, porque puedo. 

Bonjour, Tristesse

Hablando de esas ganas locas de hacer cosas mientras estoy atrapada de nuevo en la sala de espera que a veces es mi vida... Quiero irme, sin huir, simplemente quiero irme lejos. Quiero vivir. Quiero estar sola. Quiero irme a Grecia y quiero ir a la Riviera Francesa porque vi una película y simplemente quiero estar allí y llevar un bañador rojo y una camisa vaquera atada como Cécile. Quiero huir a Hawaii y encontrarme cuando vuelva a Los Angeles gracias a un pequeño-gran empujón y mi creación artística (porque haga lo que haga, nunca logro escapar de las comedias románticas). Quiero ir a Ibiza y Formentera porque he visto fotos y me he enamorado. También a Lanzarote a ver las estatuas que juegan con el viento. Quiero ir a Estados Unidos e irme de festivales y estar por el metro de Nueva York y escribir sobre toda aquella gente. Porque todos los tópicos alimentan mis fantasías sobre la gran manzana y que todo es posible en la ciudad que nunca duerme. Y es que necesito milagros en mi vida ahora mismo. Quiero sentarme en cafeterías en todas partes del mundo y beber té o comerme un trozo de tarta o lo que sea. Quiero irme a la montaña y hacer senderismo. Quiero vivir en el Círculo Polar al menos ocho meses y ver el sol de la medianoche y la aurora boreal. Hablando de mudanzas, yo también quiero irme a Londres a buscarme la vida. Quiero viajar tanto... Quiero irme a una casa en mitad de la nada a mirar las estrellas flotando en una piscina en la oscuridad de la noche y escuchar el auténtico silencio. Quiero ir a las tirolinas o a esos trampolines en los que te ponen arneses y saltas hasta lo más alto. Quiero estar en una montaña rusa de verdad, y no en esta de emociones que gobierna todo mi sentimentalismo y mi organismo a partes casi iguales. Quiero hacer muchísimas fotos y escribir. Quiero subirme a azoteas, a aviones, a sitios altos para verlo todo con más perspectiva y ser consciente de mi pequeña aportación en el cosmos, en el caos del universo (ah, la antítesis). Quiero tener una casa con un ventanal enorme y una biblioteca personal con uno de esos sillones en el alféizar de la ventana. Quiero ver la luna llena siempre. Quiero ser Natalie Portman en Closer y salir a tiempo: "I don't love you anymore, goodbye". Quiero ir a un baile de máscaras. Quiero hacer surf y montar a caballo y competir con el sable. Quiero perderme sólo para poder encontrarme. Quiero saber en mi lecho de muerte por qué viví. Y mil cosas más.

Tal vez no sea capaz de fiarme de mí misma, pero al menos sé que estoy dando el primer paso. Ahora sólo me quedan todos los demás. 


Moon River, wider than a mile, 
I'm crossing you in style someday
Oh, dream maker, you heart breaker... 
Wherever you're going, I'm going your way.
Two drifters, off to see the world, there's such a lot of world to see.
We're after the same rainbow's end,
waiting 'round the bend
My huckleberry friend,
Moon River... and me.



lunes, 28 de julio de 2014

Resumen informativo (turning over a new leaf)



Ya no siento nada al ver mariposas. Estoy perfectamente tranquila en la oscuridad, apenas enciendo las luces por la noche, solamente si es estrictamente necesario. Hablando de necesitar, ya no necesito taparme ni el cuello ni los pies por la noche (costumbre de más de una década debido a terrores nocturnos y sonidos inexplicables del viento en el piso dieciséis -me decían que eran brujas y yo me lo creía). No veo nada en mi cabeza por las noches, me duermo relativamente rápido y me despierto demasiado pronto. Ya no logro pasarme las mañanas durmiendo. Ni las tardes. Bueno, casi. Y es pronto para hablar. Los segundos se me pasaban tan lentos al principio que quería tirarme por un puente, pero el tiempo ha vuelto a la normalidad y es el alivio más grande que he tenido desde entonces. Ahora me paso las horas viendo películas, series y pegada al boli bic azul cristal y mi Cuaderno Irónico, a modo de diario abordo. Creo que poquito a poco se me abre el estómago, pero no paso de las tres comidas al día. Llevaba una semana sin escuchar música, pero hoy ha surgido, así sin más, igual que todos los demás avances minúsculos que me llenan en trocitos diminutos por dentro. Es cuestión de actitud. Y de ser capaz de tener la actitud, para empezar. (Whatever Lola wants, Lola gets.) Esta mañana me desperté antes del amanecer. Me descuidé un momento y cuando volví a girarme hacia la ventana ya entraba una luz azul por el agujero entre la persiana y el alféizar. Me dio de lleno.

Es difícil dejarte ir, soltarte, todo eso... pero he descubierto que el primer paso es quererlo. Y yo lo quiero, lo quiero más que a nada. Hay algo ahí fuera esperándome. No sé lo que es, pero tengo muchísimas ganas de descubrirlo. 


domingo, 27 de julio de 2014

En la luna (I am lying on the moon)

"She has the passion of a python. She just devours me whole every time, as if I were some over-large rabbit. That's me. The bulge around her navel -if you're wondering what it is -it's me. Me, buried alive down there, and going mad, smothered in that peaceful looking coil. Not a sound, not a flicker from her -she doesn't even rumble a little. You'd think that the indigestible mess would stir up some kind of tremo in those distended, overfed tripes -but not her! She'll go on sleeping and devouring me until there's nothing left of me."
Look back in anger, John Osborne 

Veía la luna a través de tu ventana rectangular. Estaba envuelta por una nube naranja que parecía de fuego, ardiendo redonda y grande en medio del cielo que se estaba oscureciendo. Y nada más.

jueves, 12 de junio de 2014

Siempre es demasiado pronto para perder trenes (séptima despedida)

«Parece que siempre me estoy despidiendo de ti.»

Un par de lágrimas perdidas demasiado pronto por la mañana.
Siempre es demasiado pronto para perder trenes
Y también para perder lágrimas.
Aunque a veces da igual.

El punto de inflexión.

Sin que lo sepas, claro.
Estas cosas sólo las ves con la introspección.
Miras hacia atrás y para dentro y
¡bam!
De repente todo está claro
Y puedes señalar el punto en que algo cobra o pierde sentido,
El momento en que cambia,
Cómo se volatiliza o se forma.
No sé, esas cosas que se ven una vez han pasado y sólo cuando ya han pasado,
Nunca mientras están pasando.

No hubo respuesta. O no hubo suficiente tiempo para responder. Salí por la puerta, ya entrenada en no mirar atrás.





(jamás habría podido adivinar todo lo que se escondía tras ese inabarcable silencio)

miércoles, 11 de junio de 2014

El misterio que te ata

Hannibal
En el juego del misterio hay dos sujetos: el deseante y el deseado. Poetizando. El portador y el perseguidor. El anhelo se escurre despacio entre los dedos del anhelante, paciente y ardiente. Pero, ¿cuál es el objeto de deseo exactamente: el misterio, el portador o el conjunto? 
Quizás es el afán por iluminar la penumbra. 
Comienza el baile.


Misterio danza y Perseguidor lo sigue. Se tambalea como una peonza, brillante como una canica nueva. Perseguidor y Misterio tropiezan, bailan juntos, ninguno se quita la máscara. Nadie conoce las intenciones de nadie. ¿No es acaso el deseo una simple pretensión egoísta? ¿Inseguridad? ¿Curiosidad? ¿Miedo? La búsqueda de las piezas del puzzle sin saber cuáles son, cuántas hay, cuántas faltan. El tanteo en la oscuridad, sumido en la bruma de la incertidumbre, buscando lo desconocido. 


“It is like walking up the stairs to your bedroom in the dark, and thinking there is one more stair than there is. Your foot falls down, through the air, and there is a sickly moment of dark surprise as you try to readjust the way you thought of things." 

The Reptile Room, Lemony Snicket

jueves, 5 de junio de 2014

Bonjour, Tristesse (cuarta despedida)


Bonjour Tristesse (1958)

I live with Melancholy. My friend is vague Distress. I wake up every morning and say, "bonjour, Tristesse". Tenía varios caminos, varias opciones. En aquel momento contaba con hasta cuatro caminos (aunque uno no entendía muy bien qué hacía ahí). Contaba el tercero, que casi estaba fusionado con el cuarto, aunque estaba totalmente anulado (por mí, por todos, por las circunstancias insalvables). Los escombros iban invadiendo el cuarto. Yo no llegaba a ver su relación, esa intersección inevitable: en realidad acabaron siendo uno, lo supe tras aventurarme en la oscura gruta del cuarto (ya que fue el elegido).  The street I walk is Sadness. My house has no address. El primer camino era una niebla que se me antojaba azul lapislázuli, como nubes suaves que me llevaban al lugar en que debía estar. El lugar donde debía estar, aquel paraje desconocido que solamente atisbaba a lo lejos con mi niebla azul. Mi niebla. Me apropié de ella sin querer.  The letters that I write me begin: "bonjour, Tristesse". El camino más fácil, el segundo, se convirtió en la amargura más latente y palpable y terrible nunca antes vista. Cada paso que daba me alejaba de mi paz azul Sèvres. Quizás por eso el segundo fue tan... agridulce. Aunque cada vez más agrio que dulce. Hasta que fue agrio del todo. Ácido que me hizo un agujero por dentro tan inaguantable que decidí salir corriendo. Pero eso es otra historia.  The loss of a lover is pain, sharp and bitter to recall. Vaya.  I lost no casual lover, I have no pain from which to recover. Yo creía que no era necesario un mapa. Ni aprender a usar la brújula. I've lost... me... that is all. Tantas opciones y tan pocas correctas. Ninguna adecuada. Todas llevaron a la perdición. A mi perdición. A la pérdida de  ("MÍ" como concepto de mi ser, mi yo, mi mismidad). My smile is void of laughter. Fue imprescindible romperme para rehacerme. ("I'M DISMANTLING WHO I WAS AND MOVING IT BRICK BY BRICK") Me rompí yo y me rompió todo.  My kiss has no caress. Me dejé engullir por el vacío. I'm faithful to my lover, my bittersweet Tristesse. Se fue con pasos decididos. Firmes. Estables. Lo dejé ir porque esa despedida estaba empapada en un gran y enorme "hasta luego". 


And after the races he'll take me to dinner and dancing again. And on Thursday to the tennis matches. And on Sunday to the country. What a waste of time, dear Jacques. What a hopeless waste of time. He's attractive, and he's nice, and I'd like to warn him, but he wouldn't understand that I can't feel anything he might be interested in, because I'm surrounded by a wall. An invisible wall made of memories I can't lose. 

(Jacques nunca lo entendió)


"A cage went in search of a bird" (closure, baby steps)


Es más difícil de lo que parece construir una jaula que se pueda abrir. A veces se te olvida la puerta en el muro. Recuerdo todavía una tarde de invierno. Yo llevaba un jersey azul y la pared de ladrillo me miraba fijamente. La puerta roja se había cerrado sin que yo me diera cuenta. Me senté a esperar en la roca sin saber qué iba a pasar. Más bien: me senté en la roca a ver qué había pasado exactamente.

 Esa era mi sensación general con respecto a todo siempre por aquel entonces. Se me quedaba una emoción que me daba vueltas por el estómago y se me disparaba de la punta de los pies hasta la coronilla. Tenía un sabor a metal en la boca, a desazón, a sentimiento insatisfecho. Todo en esa época se me quedaba a medias (razón por la cual mi filosofía de vida ha cambiado tan radicalmente). Todo me sabía a poco, a descontento, a incompleto. Mi sala de espera. Tres paredes blancas y un enorme ventanal de cristal. Antes no me había percatado del vidrio porque para mí se doblaba en espejo y reflejaba una más de aquellas paredes que me tenían enjaulada, incapaz de cruzar mi puerta, sin poder llegar al rellano (rellano desacertado casi en su totalidad, tenía demasiadas esperanzas puestas en las cosas equivocadas sin saber que aguas mejores irrumpirían en mi vida y se llevarían, cristalinas, la negruzca bruma que me ahogaba por dentro).

Regresemos a mi pared de cristal. Se presentaba ante mí la presumida imagen de todo lo que mi vida podía ser, todo lo que yo podía ser, pero no ocurría (no era el momento, no eran las maneras). La cuestión es que no lograba ver que esa imagen futura de mí misma no se encontraba a través de la puerta, a través del cristal, sino atravesando mis entrañas, ahí dentro, siempre había estado ahí pero yo lo había olvidado. Mi ser en potencia pasaba desapercibido bajo mi piel y mi mirada cabizbaja. Que no son las circunstancias tanto como yo, pero las circunstancias me han hecho darme cuenta de lo que tenía y podía tener (porque ya lo tenía, de algún modo).

Me senté en la roca a esperar porque siempre me limitaba a esperar. Me quedé mirando la puerta roja simplemente por hacer algo. Por costumbre. La insaciable costumbre del que se queda a esperar. Ese sería el nombre de la instantánea, de aquel momento congelado en el tiempo. Saqué una libreta que hábilmente llevaba en el momento y me puse a describir la pared roja, el muro de ladrillo. Y después me fui. Ya era hora. El problema es que un trocito de mí se quedó estancado y no deja de conjugar el pasado en presente, o no deja de conjugarse en pretérito (no está del todo claro). El fantasma de los horrores pasados se quedó ahí sentado y su única finalidad es recordarme que se quedó ahí sentado. El problema está en darse cuenta. A lo mejor jamás me bajé de aquel autobús. Mi autobús. Y va siendo hora de coger otro, muchos más. Ir mirando hacia atrás por la ventana mientras avanzamos no hace bien a ninguno de los pasajeros. El bus está a punto de volcarse (de estrellarse con nosotros dentro), la roca se disuelve, los ladrillos del muro se mueven, la puerta roja se desfigura. Ya no hace frío, y si vuelve a hacer frío, nada será como aquel invierno. Va siendo hora de enterrar bajo cemento aquellos tormentosos y turbulentos días de nubes cargadas de agua helada y rayos y truenos y la niebla abominable y la oscuridad inescrutable.

Va siendo hora.


Palacio de Cristal https://www.flickr.com/photos/lyingonyourside/14132360558/



viernes, 30 de mayo de 2014

Trenes de ida y trenes de vuelta

Era una gran explanada de colores cálidos: verde fresco y marrón tierra. El verde claro bailaba en pequeñas olas de briznas meciéndose con el viento, como el agua del mar turquesa apacible en días de ligera brisa y sol intenso. Me imaginé suave y leve pisando la hierba prístina. Justo como en aquella montaña junto al lago. Tumbada mirando la forma extraña de las nubes. Recuerdo un día bonito y nublado. Un trocito de sol se asomaba por un hueco entre las nubes, agarrándose sus rayos al cráter blanco y esponjoso. La luz se debatía entre amarilla y rosa en un fondo azul grisáceo. Quería estar sola y observaba a los demás a la distancia. Allí el lago, allí las rocas; aquí los árboles, aquí las personas. 


Un túnel que hace de puente. Con uno te encuentras y en el otro te pierdes. Corto y oscuro, largo y recto. Aquí yacen mis intentos. Esa lápida de piedra gris y rugosa. Bajo tierra mis errores, se levantan cuando se muere el sol. No en cada luna pero siguen siendo los fantasmas encajados en mi costilla. Mil veces los he sepultado y mil se han escapado. Se retuercen inquietos en mi interior, están vibrando y el terremoto me lleva casi al derrumbe. El pasado se me ha quedado cristalizado dentro. La purificación del alejamiento del pretérito y el cambio de las formas. Y un lugar para cada cosa. La sucesión de los días, de las semanas, de los meses. De los años. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Tradición-traición: el engaño del tiempo pretérito

Vi los barrotes y las ramas secas que se asomaban por la reja de metal como atravesándome desde la calle de enfrente. Los ladrillos de la fachada parecían estar haciendo fila, esperando su turno para derrumbarse sobre mis pulmones. Hay bastante demanda. Por favor, que el pasado no me atropelle como esos trenes de carga que no paran y van haciendo demasiado ruido. Vamos a ver, las cosas por partes.

Vi el reflejo del "qué bien te veo" en sus gafas antes de escucharlo. Aun así, un centenar de cañones se alinearon en la fachada y comenzaron a bombardear mi fortaleza. La puerta grande estaba abierta. La suya y la mía. El comienzo del fin. La cuna de las tristezas y las alegrías. Todo lo que ya conjugo en pretérito perfecto escociendo, como si las ramas secas me hubiesen arañado por doquier y del cielo cayesen gotas de limón certeras y mortales. Vencí mi afán de sentarme, iba cargada con algo más que demasiadas bolsas o demasiado peso en la mochila. Si el aire entraba y salía bien de mí, yo no era consciente de ello. ¿Qué fue todo ese tiempo y por qué su ausencia todavía decide aparecerse ante mí como una imponente sombra ardiente, como una puerta a través de la cual veo un enorme vestíbulo de mármol negro en el cual charcos de mí se deslizan y se deshacen?

Tengo entre mis manos la soga que logré desatar de mi cuello, tirando con las uñas, pero la siento de nuevo en la yugular, palpitando, oprimiéndome la traquea también. Soy de repente un conducto de ventilación estropeado, sucio y obstruido por antiguos tesoros escondidos por niños traviesos. Subí hasta el camino de tierra, el de acortar, en el que de tanto pasar ya no hay césped: se ha rendido tras tantas pisadas, está árido, seco... inexistente. Como ese pasado que ya no se conjuga en presente. Ni en futuro. Sigo intentando dar bocanadas de aire sólo para darme cuenta de que no me estoy ahogando. Es solamente un sueño. De día. Con los ojos abiertos y mirando hacia dentro. Hacia atrás. Hacia adelante pero desde otra perspectiva. El peso de mis pulmones no está ahí. La cuerda letal deja de retorcerse como una serpiente mortífera y juguetona entre mis dedos y alrededor de mi cuello.

Existo y vivo: lato centelleante entre calles y trenes, entre oraciones y párrafos, entre mayúsculas y puntos finales. Lato ahí fuera y lato aquí dentro. Vibrante. La fortaleza se alza para burlarse de aquellos cañones. Qué tienen que hacer ellos aquí si no es nada, la única portadora de la llave que guarda mi pasado es mi mano. No hay nada que hacer aquí. Mis costillas hacen de jaula y soporte a mis pulmones dilatándose, el nenúfar helado, viejo amigo a la izquierda, se mantiene a raya incluso: hasta él se enfada con los cañones. Él también recuerda y es dueño de su memoria.

Una fachada es sólo una fachada, una calle no es más que eso: una calle. Aquel banco o este otro no son más que... bancos. Pueden dejar de sangrar, de sacudirse, de hacerme temblar.  No tengo nada que darles y, lo más importante, es que ellos no tienen nada que darme a mí, nada que ofrecerme, nada que podamos intercambiar. Nada.